Maestros cuyo talento único produce nuestros paisajes gráficos callejeros.
 
 
 
Roberto Ayala Martínez, “R.A.M.”
Artista


En Bogotá es cosa de todos los días llegar hasta la ventanilla y que le digan a uno que le falta la fotocopia del pasado judicial, del último recibo de aportes a pensiones y cesantías o de la cédula-por-lado-y-lado-ampliada-al-150%. Sale uno con el corazón en la boca a buscar una fotocopiadora y sino fuera porque alguien tuvo la providencial idea de escribir F-O-T-O-C-O-P-I-A-S en los postes del alumbrado público, tocaría recorrer cuadras enteras, local por local. Ese alguien es Roberto Ayala Martínez “R.A.M”.

La discreción es una cualidad subestimada. Cuando hablamos de comunicación visual existe la idea de que los buenos diseñadores gráficos son aquellos que producen imágenes impresionantes, y aunque efectivamente hay que tener mucho talento para producir imágenes que desvíen miradas, los diseñadores imprescindibles son aquellos que evitan que el estilo se convierta en un obstáculo para la comunicación. No todo tiene que ser un espectáculo para los ojos, a veces sencillamente debe ser claro. En hacer este balance es que Roberto es un especialista.

En los barrios bogotanos Aurora, Santa Librada y Danubio y en casi toda la localidad de Suba, Roberto ha dejado numerosos ejemplos. Aunque al igual que muchos de sus colegas tomó cursos de dibujo publicitario en algún momento de su vida, con seguridad en ninguno de aquellos salones le anticiparon los retos con los que se habría de enfrentar en la calle. De alguna manera, el retrato de la Frutería Frutitodo del barrio Quirigua que el mismo decoró y señalizó hasta en él último rincón, da cuenta de su pericia.

Pero reducir el trabajo de Roberto a mera señalización y diseño de información es injusto. Roberto es perfectamente capaz de echarse una cana al aire. A veces algún cliente solicita algún motivo delirante como, digamos, la bruja loca que le encargó el dueño de un local de fotografía o el Albert Einstein con sombrero de paisano que le encargó el Instituto Caro y Cuervo; y entonces se conecta con el lado más informal del cerebro, mandar la discreción al carajo y se da gusto. Así como lo supo el día en que renunció al Seminario, la vida es muy corta y muy estimulante como para dedicarla simple y llanamente a ser un alma de Dios.


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Reseñado por Populardelujo

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