Maestros cuyo talento único produce nuestros paisajes gráficos callejeros.
 
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Gonzalo Díaz
Artista y aerografista


Un gesto aterrador cruza la cara de los presentes. Los espectadores se ubican de manera que no haya forma de perderse un solo detalle de lo que está por ocurrir. Una señora contiene la respiración y el señor de al lado aprovecha para arrimarse y decirle que no tenga miedo, eso es pura ficción.

El helicóptero se recorta contra el cielo. Abajo, una bañista no advierte en medio de su chapuceo la presencia del enorme escualo. Bocas entreabiertas, pupilas dilatadas. Se viene lo peor. De repente ¡zuaz!. Justo cuando la bestia marina abre sus enormes fauces para devorarla, la bañista se eleva por los aires tirada por las cadenas que nuestro héroe sujeta desde la aeronave. La preciosa bañista está a salvo, fin. Se desaceleran las pulsaciones y entre voces todavía entrecortadas y miradas de alivio los espectadores dejan atrás otra obra maestra del séptimo arte. Y ojo, que no fue Spielberg el que puso los nervios de punta esta vez. Fue Gonzalo Díaz, un genio modesto y anónimo que por décadas ha logrado que más gente en Colombia asista a las salas de cine.

Detalles más, detalles menos, esta escena bogotana de los años setenta deja en claro el poder de una valla publicitaria cuando la diseña el personaje correcto. En aquellos días Gonzalo combinaba su prodigioso talento para el dibujo en aerógrafo con mecanismos de ingeniería popular no menos impresionantes.

Ya quisiera uno haber tenido claro desde tan pequeño lo que quería ser cuando grande, o por lo menos haber tenido la suerte de contar con unos vecinos visionarios que le despejaran el panorama. Tal cual fue el caso de Gonzalo. En lugar de darle como regalo de cumpleaños la consabida escopeta para matar pájaros, los vecinos de su casa natal en Caldas prefirieron abastecerlo de una caja de acuarelas y un buen surtido de lápices de colores. De ahí en adelante todo fue unir un punto con otro. Al talento para el dibujo, Gonzalo le anexó la afición por el cine (por eso le fluye tan bien retratar o imitar a Cantinflas) y luego de trabajar para pequeñas salas de cine en el Eje Cafetero y en el Valle del Cauca, terminó en Bogotá vinculado con varias productoras internacionales.

Su taller de la calle 22 está tapizado hasta el techo con sus trabajos. Las rúbricas en las esquinas ya no son el nombre de alguien, son la marca de un emporio familiar. Los hijos de Gonzalo, a punta de ver la consagración y el rigor de su padre, le tomaron amor al oficio, se dejaron enseñar por el más severo de los maestros, y así, el talento de un individuo se convirtió en una microempresa de la gráfica capaz de hacerle justicia a un gran filme, de modificar un diseño oficial para acomodarlo al gusto local o, de -a veces toca- darle esplendor y emoción a algún bodrio de la gran pantalla.


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