Paisajes gráficos callejeros de todos los rincones del mundo.
 
 
 
 
Río de Janeiro
Brasil


Para alguien que no haya pisado suelo carioca puede sonar exagerado el superlativo ”Ciudad Maravillosa” con el que André Filho bautizó a Río de Janeiro en el himno de la ciudad. Pero habiéndolo pisado uno se da cuenta de que no es para menos. De eso debieron caer en cuenta los navegantes portugueses que arribaron al sudeste brasilero entrado el siglo XVI, y tal vez por eso mismo decidieron sacar a empujones a los franceses que llevaban una década instalados en tan coloridas y tropicales tierras. Enero (Janeiro), el mes en que Don Sebastião, el entonces rey de Portugal, puso por escrito el desembarco de sus hombres en tierra firme; y el espejismo de haber creído que la Bahía de Guanabara era un enorme río, le dieron el nombre a la ciudad.

Si de algo se ufana un carioca es de ver que pese a que hace 45 años le traspasaron el título de capital del país a Brasilia, mucha gente considera que Río es el genuino corazón de Brasil. Igual no hay problema, la ciudad es tan generosa que puede compartir desde títulos nobiliarios y geopolíticos hasta el gentilicio: “carioca” es todo aquel que habiendo nacido o no en Río tiene ese tumbao y ese espíritu desenfadado que impregna la ciudad. Una ciudad que además del Maracaná, el Pan de Azúcar, Copacabana y el Cristo Redentor tiene infinitas calles que dan testimonio de que Río no es solamente ese veraniadero de temporada alta que anuncian las guías turísticas, sino también el lugar donde para fortuna del habitante y del visitante se puede encontrar en una misma cuadra un local para afilar cuchillos, hacer sellos y copias de llaves en tiempo record y restaurantes que ofrecen pollo asado, frijoles con farofa (harina de yuca) y un listado de hasta 20 frutas distintas para hacer jugo.

Iemanjá la reina del mar encarna en figuritas de yeso omnipresentes que atiborran las vitrinas de las botánicas y las tiendas de Umbanda (una de las prácticas religiosas africanas que sigue tan vigente como hace siglos aunque de eso se hable en voz bajita en ciertos círculos). Iemanjá de cuerpo entero, ¾, de pie, recostada como una maja, vestida de azul o con apenas unas cuantas conchas de mar cubriendo lo justo y dejando a la vista una belleza no tan dorada por el sol pero que nada tiene que envidiarle a la chica de Ipanema de Vinicius de Moraes y Tom Jobim.

Podría pensarse que estar rodeado de hispanoparlantes es un inconveniente que tiene Brasil para entenderse con sus vecinos, pero una muestra de que no es así es un amplio surtido de polvos y esencias mágicas para conseguir dinero, atrapar al ser amado o alejar la mala vibra. Productos que desconocen los límites fronterizos y los aranceles; poderes del más allá que les permiten traspasar su lugar de fabricación. El necesitado puede sentirse como en su casa y encontrar lo que le urge, a idéntico precio, en el centro comercial esotérico de la décima con décima en Bogotá o en las calles Botafogo en Río.

Aerosol en los muros, diseños hechos con pedacitos de baldosa, empaques para contener los efectos de la magia, letras dibujadas a mano para anunciar el menú del día: he aquí todo esto y otras tantas sorpresas que nos alejan de la playa y nos arrojan al corazón de las calles de La Ciudad Maravillosa en donde no huele a Hawaiian Tropic sino a lugar donde vive la gente.


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