París a mano
París · Francia
Si Nueva York es el paradigma de la ciudad primermundista, entonces tendremos que pensarlo dos veces antes de incluir a París dentro de esa misma categoría. La capital francesa no hace otro oficio que rebelarse contra el paradigma y encontrar gran placer en ello.
París, por ejemplo, no es una ciudad 24/7 (abierta las 24 horas, los siete días de la semana). Para un turista puede ser sorprendente –y enervante– encontrar que "La Ciudad Luz" apaga la mayoría de sus luces a las 8:00 p.m. cuando todos locales empiezan a cerrar. O que un domingo un parque no es solamente el mejor lugar para ver gente, sino el único. Cosas tan simples como sacar una fotocopia o comprar una caja de leche en día festivo son una verdadera proeza. París es terca y negligente y además le importa un rábano. Claro, de esa soberbia proviene también su encanto. El mismo país que inventó el pensamiento ilustrado, el avión supersónico y que ya había implementado una especie de internet en los años 70, no abre los supermercados los domingos, ignora completamente las virtudes de la ortodoncia y conoce sólo parcialmente las del ascensor. Francia se despaturra con un píe hacia en siglo XXV y otro en la edad media, lo cual es otra manera de decir que a Francia sólo le importa la modernidad si fue ella quien la inventó.
Uno de sus más encantadores actos de rebeldía es el uso, en pleno siglo XXI, del diseño gráfico manual para la decoración de locales comerciales. No es que no existan en París avisos industriales –existen y son exquisitos–, pero conviven con una gráfica manual que goza de una reputación y una salud inmejorable. Sobre fachadas y marquesinas están intactos motivos dibujados hace décadas, ya sea porque la misma panadería sigue operando allí desde hace dos siglos, o porque los nuevos propietarios son conscientes del tesoro que les encimaron cuando les vendieron el local. Es el caso de una boutique del barrio Le Marais que, pese a vender finísimos productos de belleza, tiene una fachada que anuncia que se vende pan fresco desde las 4 de la mañana, la hora en que el antiquísimo propietario del local sacaba del horno la primera tanda del día. Pero no todo es espíritu vintage, están también los negocios de esta época que, simplemente, nunca han dejado de entender el trabajo manual como la manera más natural de decorar un local. Se trata normalmente de negocios familiares atendidos por sus propietarios que saben que hay un nicho comercial que les pertenece: el de los negocios que llevan la impronta del dueño, que privilegian la mística sobre la mercadotecnia, que tratan al cliente a la vieja usanza.
Así pues, en París no parece haber florecido esa mentalidad devastadora que supone
que un negocio decorado es de más baja pelambre que uno decorado mediante métodos industriales. La oposición entre lo manual y lo tecnológico parece no ser si quiera un tema en París, por lo menos en lo que se refiere a la gráfica callejera. Y no es de extrañar: muchos de los grandes artistas que hospedó París se formaron haciendo trabajos comerciales para la calle (Toulouse-Lautrec diseñó carteles, Mucha diseñó vitrinas). Además, si sumamos sus pintores, sus escultores y demás, es invaluable el acervo cultural que Francia le debe a las manualidades. En París, el valor del trabajo creativo de los "no-artistas" esta tan fuera de toda discusión que el aristocrático Museo de Louvre cuenta con pabellones de "objetos de arte" (diseño industrial) y "artes gráficas" (diseño gráfico).
Apolillada o vanguardista, refinada o popular, incluyente o
xenofóbica... mientras Francia debate interminablemente lo que ella entiende por progreso y civilización, un coqueto falafel con camisa hawaiana y los sesos a la intemperie sonríe sin zozobra en la Rue de Rossiers.
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Reseñado por Populardelujo
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