Paisajes gráficos callejeros de todos los rincones del mundo.
 
 
 
La Habana
Cuba


Ir por La Habana es encontrarse con Chés mechudos en la fachada del Ministerio del Interior, bizcos en los recordatorios para los turistas, o con los de las vallas de las calles, igualitos a Cantinflas. Por todas partes, las viejas señales de tránsito azul eléctrico retocadas con brocha. Uno camina sobre mosaicos de artistas y estudiantes, se hace sombra junto a muros pintados en el Barrio Chino y hace cola para entrar al cine Arenal junto a la pantera rosa.

Hay tanto que ver.

Uno: papeles impresos

El Sabor y Saber de los chicos cubanos a principios del siglo veinte era marca Susini. A éstos se les ocurrió meter entre sus cajetillas de cigarrillos un pedazo de papel con imágenes -una postalita-. Los de Susini eran revivos y las mandaban imprimir por series, separando varios meses el tiraje para aumentar la emoción.

Las imprentas de las postalitas, que también fabricaban las etiquetas de los tabacos, hicieron trabajos espléndidos con publicaciones europeas y, después de la Revolución, con ediciones populares de historietas y libros para jóvenes, como La Edad de Oro, de José Martí.

Los cigarrillos Susini se vendieron mucho en la década de los treinta. Pronto, los de Gener les montaron la competencia con una serie de la Vida de Napoleón.

Pero, ¿quién se iba a imaginar que el mismísimo Comandante Presidente iba a dar a conocer la gloriosa historia de la Revolución en una lata de mermelada de guayaba marca Felices, llena de postalitas con su gloriosa estampa? Imagínese usté lo que tuvo que haber sido el tráfico de monas en el jardín infantil Compañeritos, ése que queda bajando por la avenida La Rampa.

Dos: "el boseo soy yo"

Eligio Sardinas fue famoso por sus frases y, sobre todo, por elegante. Le gustaba bajarse del ring fresco y sin despeinarse. Así, pinta y lustroso, lo ponen en el enorme cartel del coliseo deportivo que queda frente al Capitolio. Dicen que una estatua suya está frente a una de las entradas del Madison Square Garden.

Kid Chocolate nació en El Cerro, pero después de rico se trastió al parque japonés. Después de la Revolución, ya no boxeó más y se murió viejo en La Habana.

Tres: los negocitos

El hombre más famoso en los comederos baratos de La Habana antes de la Revolución -ahora paladares- se llamaba Leopoldo Fernández. Él era el detective de la serie radial Chan Li Po, la primera en modificar sus libretos de un día para otro para que personajes populares metieran la cucharada.

Cafeterías ambulantes, paneras, barberías, heredaron nombres de muchas de esas historias radiales oídas en los paladares, así como su talento de mostrarse con lo que haya a mano: muebles y telas de casa vueltas a usar con estampados de ramos de flores, figuras recortadas de la portada plastificada de alguna revista, pinturas de aceite y hasta esmalte de uñas rendidos a la brava. Pero cuidadito con desacreditarles el esplendor: muchos cubanos, santeros o no, hacen su imagen de La Mala Lengua, una contra para chismosos y sapos.


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Reseñado por Laura García
reinapopular@yahoo.com