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Cartagena · Colombia
Fotógrafos turísticos
Fotografías de El Capi


El turista está sentado bajo una carpa en la playa de Bocagrande, en Cartagena. No puede ver el mar. Las masajistas le amansan las plantas de los pies y mil vendedores le ofrecen collares, agua, cerveza, gaseosa, mango, coco, cocada, ceviche, ostras, chicas, flotadores, camisetas, sandalias, papitas, gafas, todo. "Con el masaje se te quita el estrés mi amor", le dice la negra cuando ya se va desesperando. No es fácil ser turista en Cartagena.

Pero hay un gremio, el de los fotógrafos, que no asedia y que más bien deja que el cliente se les acerque solito. Como quien no quiere la cosa, caminan exhibiendo un muestrario atiborrado de fotomontajes. Uno de los más pedidos es el "del pensamiento", en el que el turista posa sin mucha pretensión y luego en la foto aparece de cuerpo entero y, al fondo, su perfil, como el de un héroe mirando al infinito.

"El que quiere una foto viene y lo busca a uno", dice El Capi, uno de los fotógrafos más antiguos de la playa. Él y su familia, y las de otros 33 fotógrafos, viven de los fotomontajes. Cada uno cuesta 5.000 pesos. En los días buenos hacen 20; en los que llueve, ninguno.

El cliente no paga por adelantado, sólo tiene que escoger una muestra, posar como el fotógrafo diga y esperar una hora mientras sale el revelado. "Este es un arte muy inmenso, casi nadie lo aprende", dice Deivis Paneso. Además de dominar la técnica para lograr hasta cinco exposiciones por negativo, los fotógrafos tienen sus mañas para que incluso el cliente menos fotogénico muestre su sexapeal . Peinilla y maquillaje hacen parte de sus utensilios de trabajo.

La mayoría están organizados en una cooperativa: Coofotucar, Cooperativa de Fotógrafos Turísticos de Cartagena. "Por el bienestar, la seguridad social y la dignificación de la profesión fotográfica", dice al reverso del carné que los acredita como vendedores autorizados. Tampoco es fácil ser fotógrafo en Cartagena. La disimulada competencia por el territorio y el turista es dura, y también el día. Algunos llevan trabajando aquí más de 30 años, de sol a sol. Tienen la piel chamuscada, el pelo desteñido de tanta gorra y sombrero, los labios rotos por la brisa, el bigote y las barbas oxidadas por el aire de salmuera, y los ojos vidriosos, como el resplandor del mar. Pero se les ve orgullosos de su oficio. Y agradecidos: "Lo rico de este trabajo son las mujeres lindas que uno ve", dice uno de ellos con regocijo, inflando el pecho, como posando para la foto.


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Reseñado por Mauricio Gaviria
gaviriamauricio@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
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