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En 1857 el embajador inglés en Bogotá amenazó con encargarse personalmente de que la armada británica bombardeara el país si el gobierno colombiano no daba plenas garantías de que los tigres no andarían campantes por las calles de una ciudad que se decía civilizada. Todavía estamos esperando la invasión.
Si bien no volvió a verse que un tigre de carne y hueso andara por la calle con la desfachatez de aquel que habiendo escapado del circo se paseó frente a la residencia del embajador, miles de felinos de todas las especies atraviesan a diario la ciudad de Bogotá con el mayor desenfado.
Estampados en la carpa de los camiones de transporte de carga, batiendo su cabecita en las consolas de los taxis o pegados como esta pantera en las carrocerías de los buses de transporte de pasajeros, el felino es un ícono definitivo del transporte en Bogotá. Cualquier explicación del por qué, es especulativa, pero es hermoso pensar que esa vida azarosa de los choferes llena de velocidad, temeridad y astucia, tiene como ícono al mágico animal que hindúes y aztecas veneraban y que conquistadores europeos temían. Un emblema poderoso, bello, terrible. |
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| Desde el Jesusito recién nacido hasta el Jesucristo resucitado, desde el niño carpintero hasta el mártir masacrado en la cruz, desde el redentor refulgente hasta el delincuente lacerado: en Bogotá hay Jesucristos de todas las edades y temperamentos. Pero quizás ninguno tan potente como éste. Joven, revolucionario, lleno de luz, bondad y determinación, listo a llevarse el mundo por delante. A la vez redentor, chéguevara, sexsymbol y rockstar, con éste tipo hasta el fin del mundo. |
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Podrán parecer lo más anti-erótico del mundo, pero los buses y busetas arden de pasión.
El chofer se ha reservado un ángulo de visión que le permite ver hasta lo más recóndito cuando unos muslos envueltos en una minifalda se sientan a su derecha, cuando el bus está a reventar algunos caballeros se aseguran de restregarle a las damas todos sus atributos y de cuando en cuando es posible que la tapicería lleve una leyenda del estilo de "Edison lo mama" o "Milena es una puta".
Son muchos minutos allí sentado pensando en nada y la imaginación empieza a maquinar cochinadas. Pero la culpa no es nuestra: a veces la luz entra de cierto modo por las ventanillas y entre las motas de polvo que flotan en el aire se puede ver una traviesa hadita que son sus generosas carnes al descubierto revolotea polinizando las aburridas mentes de los pasajeros. |
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Aquello de "Oh oh, me pareció ver un lindo gatito" nos mataba de la risa. Pero eso fue antes de la televisión por cable.
Después de haber tenido acceso a otros programas de monitos animados y de haber visto demasiadas veces a los Looney Tunes, el buenazo del Piolín se fue desplazando hacia rincones hostiles de nuestro corazón. De pronto, una generación entera se había solidarizado con los villanos perdedores y guardaba un áspero rencor hacia las criaturas dulces e inocentes.
El Correcaminos, el ratón Jerry, el gallo Claudio, pero especialmente el detestable canario macrocefálico engendraron en nosotros los más satánicos deseos. "Oprobio, estrangulación y muerte, oprobio, estrangulación y muerte" repetíamos mentalmente e íbamos juntando fuerzas. Pero como si hubiera leído nuestros más oscuros pensamientos, Piolín se alzó en armas, se llenó de arrogancia y ahora ataviado de gangster nos vigila altanero mientras viajamos en el bus. Aún empuñando su revolver luce tierno el maldito, pero dando ondas bocanadas a su cigarro está atento a nuestro menor movimiento. Algún día Piolín, algún día... |
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