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La posibilidad de ser de alguna parte
Un artículo de populardelujo
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Que la ciudad no sea sólo el cascarón abandonado o el recuerdo en palabras
de que algo existió allí, pero desapareció
Armando Silva |
Patrimonio la reja de arabescos de la ventana y la bolsa de rayas azules y blancas, patrimonio humanizar las empanadas y decir que tal cosa es una chanda o un visaje en lugar de decir que es mediocre o estrafalaria, patrimonio saber que los tiempos del ruido datan del 9 de marzo de 1687 cuando un rugido ultraterreno y un olor a azufre estremecieron la medianoche santafereña, patrimonio creer que el ángel de la guarda protege esta casa y que Monserrate es un volcán dormido, patrimonio saber que la loca Margarita existió y que se volvió loca porque los conservadores le mataron al hijo, patrimonio que el perrito perdido del afiche hable en primera persona y que San Judas Tadeo consiga trabajo, patrimonio saber que la avenida Jiménez es curva porque sigue el curso de un antiguo río, patrimonio que las opciones sean tintico o aromática y que a Bogotá la atraviesen tigres de lona, patrimonio señalar Pozzeto y decir ahí masacraron a un montón de gente, patrimonio el cuaderno ferrocarril y patrimonio preguntarse si en realidad hay tanta gente que necesita editar video, patrimonio saber que en el Puente del Común pararon a los comuneros y en la Plaza de Bolívar los descuartizaron, patrimonio poder cambiar el huevo por plátano maduro sin costo adicional y saber que un OVNI merodeó la Torre Colpatria en el 2000, patrimonio la casa blanca y la casa amarilla que llenaron con esténcil, patrimonio tener el virus que está dando y haberse tragado el cuento de que la Caracas originalmente se concibió para llegar hasta Caracas, patrimonio creer que los cerros son azules y la ciclovía que nos deja atravesar la ciudad en bicicleta, patrimonio pensar que el día está como para quedarse entre las cobijas, patrimonio tener la firme convicción de que las moscas se espantan cuando ven su reflejo en una bolsa con agua y haber caído en cuenta de que las cosas esas junto al águila son granadas, patrimonio echar de menos la pagoda coreana del ronpoin de la cien, patrimonio que se haga vaca para juntar para la Coca-Cola y que se pueda dejar finca para comprarla, patrimonio que hayan encontrado un submarino en Nicolás de Federmán y que Roa Sierra creyera ser la reencarnación de Gonzalo Jiménez de Quesada, patrimonio creer que no tenemos acento, patrimonio que el caballo y la herradura sirvan por igual como íconos de Dodge, de Totoya o de Daihatsun, patrimonio creer que en el centro están atracando y reconocer el bus no por el texto sino por la combinación cromática de la tabla, patrimonio que una cerveza cueste 7000 en un bar y la séptima parte en la tienda de al lado, patrimonio decirle papel tualé al papel higiénico y odiar a Foto Japón, patrimonio no tener nunca la menor duda sobre dónde está cada punto cardinal y pedir perdón y permiso por y para todo, patrimonio poder conseguir un mariachi casi sin esfuerzo y saber que un ajiaco sin guascas no es más que un caldo de papa, patrimonio saber que el navinieve no sale fácil y patrimonio vivir bajo la amenaza de que el 31 de agosto de un año que no diré sucesivos terremotos destruirán a Santa fé.
Ya sabemos bien que la globalización no es exactamente el sueño de la diversidad hecho realidad ni mucho menos una armónica polifonía global. Con todo y sus ventajas es también una carnicería cultural. Evidentemente, estamos más enlazados que antes, pero tal y como lo ha señalado el sociólogo catalán Manuel Castells, a la par con la posibilidad de conectarse está la posibilidad de ser desconectado según lo que el interés dominante considere valioso en un momento determinado (CASTELLS, La era de la información, Alianza, Madrid, 1996). La globalización es pues un diálogo amañado y los colombianos no somos precisamente quienes tenemos la sartén por el mango.
No sólo entramos en el diálogo global con complejo de inferioridad sino que a menudo vemos la globalización más como la posibilidad de escapar de nuestras maneras de ser y hacer las cosas, que como una herramienta de autodeterminación. Y es que, de acuerdo, tal vez no haya nada mejor que ser cosmopolita y quizás no haya habido una época en que ser múltiple y ecléctico haya tenido tanto sentido, pero con seguridad no hay nada peor que el desarraigo que implica no ser de ninguna parte. Una posición débil nos convierte, como comunidad, en una pieza prescindible del tablero mundial, y como personas, en materia maleable y sin gracia. O sea, nos convierte, literalmente, en unos pobres desgraciados. Pueblos dominados culturalmente y personas insulsas. Malas copias. Tenis Redbrook, discmans Parmasonic. Gente chiviada.
Patrimonio entonces es también esa heterogénea colección de elementos de la vida cotidiana (conocimientos, recuerdos, costumbres, ideales, creencias, formas de hablar, paisajes gráficos, objetos y demás) que al estar asociados con la historia y la realidad de la tajada de mundo que nos fue dado habitar nos permiten desarrollar un sentido de singularidad.
Se trata de un patrimonio tan prosaico que su preservación no depende de grandes presupuestos ni de la acción de determinadas organizaciones. Reside más bien en la capacidad de cada cual de asumir el lugar en el que vive como propio y no como un mal necesario, y depende de la capacidad que tengamos para poner a funcionar los circuitos de la memoria y de que encontremos los mecanismos para transmitirla.
La suerte de habitar una ciudad todavía peculiar con modos propios de hacer las cosas, la posibilidad de resistir ante modelos de vida que niegan y desprecian la naturaleza del lugar en que se habita, son tesoros que tenemos al alcance de la mano que pueden fortalecernos como individuos y que ciertamente van a hacer de nuestros hijos personas más interesantes que aquellas en las que los estamos convirtiendo encerrándolos en colegios, apartamentos y centros comerciales, respondiéndoles a cada pregunta no se, no se, no se, pregúntele a su abuelo. Del otro lado de las rejas, de los muros, del personal de vigilancia privada, del vidrio polarizado de nuestros complejos, se encuentra el antídoto para la creciente disolución de nuestros propios contornos.
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Artículo publicado en la edición especial sobre patrimonio de la Revista Semana
Edición nº 1208 · junio 7 a julio 4 de 2005 |
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