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Tres maneras de morir
Un artículo de Cristian Valencia


Excepto por una alusión esporádica en una charla de vecinos o en la conversación de dos recicladores que empujan su carrito o en algún delirio de bazuco, ésta crónica podrá ser fácilmente el único rastro que quede del paso de James, Richard y Vladimir por este mundo.

Lo cual no es un mérito de la crónica, sino simplemente la esencial tragedia humana de la muerte y el olvido reteñida por un defecto vergonzoso de nuestras sociedades. Si el recuerdo de quienes fuimos queridos y amados, indispensables para alguien, e incluso de quienes han hecho grandes obras, será borrado tarde o temprano, ¿qué posibilidades les quedan a los indigentes, seres humanos ignorados y marginados por definición? Qué esperanza si aún en vida ya son sombras.

“Tres maneras de morir” narra la muerte de tres ñeros, término con el que los indigentes se autodenominan. James, quien oteaba la esquina de enfrente como quien busca pelícanos en el horizonte, muere por causas naturales. Vladimir, esa especie de niño terrible que atracaba en alemán, muere como si fuera un torpedo que la vida lanzó contra un muro. Richard, el hombre del fósforo ensartado en la oreja, muere a manos de terceros. A cargo de la narración está Cristian Valencia, amigo personal de cada uno de ellos. Cristian, novelista, cuentista y periodista, los conoció por ahí; no sé, yendo a comprar la leche, volviendo de una fiesta con la novia, bajando a la ciclovía. Y se hicieron amigos.

Él dice que no sabe por qué pero siempre le hablan los ñeros. Pues porque para comenzar les para bolas, ¿no? En serio. La mayoría de nosotros apura el paso cuando un indigente se acerca a menos de cuatro metros y, si llega al punto de dirigirnos la palabra, es posible que para ese instante ya hayamos saltado a la otra acera o nos hayamos trepado a la primera buseta que pasó. Pero Cristian se pone a charlar con ellos, les ayuda si puede y cuando se vuelven a ver se saludan -bienonó, sisas- y cuando viene muy engalletado le ayudan cargándole una cajita, venga le recibo esa bolsa. Así se van haciendo amigos.

Esta historia no tiene entonces las características de una escueta nota de la sección policíaca de un periódico. Es una semblanza tierna y respetuosa, deliciosa de leer, de tres seres humanos que vivieron en la ciudad de Bogotá en condiciones de indigencia y drogadicción. No vamos a decir que fueron infelices, tampoco vamos a decir lo contrario. A veces la comodidad no tiene nada que ver con la felicidad y con seguridad alguna tarde de sol hemos visto a un gamín durmiendo a pierna suelta en un parque mientras nosotros nos dirigimos al cubículo de una oficina y nos hemos preguntado quién es el infeliz. Aunque bueno, tal vez un segundo después pensamos que la infelicidad consista precisamente en no tener nada que hacer con tu vida un jueves a las 2 de la tarde. En fin, lo que si no podemos discutir es la anarquía estupenda con la que vive esta gente, la cual también queda retratada en la crónica de Cristian. La libertad maravillosa y aterradora de atravezar la calle por cualquier parte y los carros que se jodan, de montarse en un bus sin pagar si se les da la gana, de ayudarle a aquel a cargar las cajas o de arrancarle la cadena a esta otra, de cederle la mitad de su pan a un perrito o de hundirle una puñalada a aquel pirobo, de treparse a un vagón del tren y atravezar Colombia en medio de una deliciosa siesta. De darse el lujo de dejar en rídiculo las ideas con que los prejuzgamos y de cagarse, lo que se dice cagarse, una por una, en las normas de una sociedad que se caga sobre ellos.


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Reseñado por Populardelujo
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La versión impresa de este artículo apareció en la revista Horas en su edición de mayo
de 2005