Proyectos creativos en diversas áreas alrededor de temas bogotanos.
 
 
 
Miguel Gómez


Éste man con ese nombre como tan genérico tiene un ojo excepcional. Miguel Gómez es el primer fotógrafo ajeno a populardelujo al que le dedicamos toda una sección y esto se debe sencillamente a que sus fotografías son rebogotanas, su trabajo excelente y su disposición para compartirlo es aún mejor.

"He viajado por muchas otras ciudades y en todas he visto que lo que más identidad les da es la manera cómo quienes las viven las reportan y las usan"; bajo ese principio Miguel ha producido un voluminoso trabajo que hace lo propio con Bogotá: recorrer su portafolio de fotografías es saltar una y otra vez entre una ciudad glamurosa que le hace a uno decir "¡mierda! ¿esto es aquí?" y otra rabona y callejera que le hace decir "¡claro!, esto es aquí". "Yo soy bogotano y me gusta esta ciudad", dice como única justificación a su trabajo, y aunque el amor por Bogotá se le nota fácil por los motivos que escoge, el amor podrá mover montañas pero no toma, así solito, las fotos que toma Miguel. Para eso hace falta talento y juicio; fotógrafo desde el colegio, Gómez trabaja regularmente para publicaciones Semana y para la revista Axxis, ha publicado en la Architectual Digest y es profesor en media docena de universidades.

La Bogotá de Miguel da envidia: es divertida, romántica e incluso cuando es sucia es impecable. Lo interesante es que Miguel no vive en otra Bogotá distinta a la que atravesamos esta mañana y en la cual nos vamos a acostar esta misma noche, la diferencia radica en el ángulo: él es un perfecto ejemplo de alguien que ve claves invaluables para la memoria (la cancha de basket del barrio, el vidrio picado de los muros) y un sistema lleno de significado en donde la mayoría está viendo los mismos aburridos paisajes de siempre y "una ciudad que no se parece nadita a París". Tal vez este sea -incluso por encima de la gran calidad técnica- el gran mérito de estas fotografías: cada una parece un fotograma de una película de cine, lo que quiere decir que más que unas fotos bien tomadas parecen un trozo de la memoria de alguien, un punto clave en el hilo de una historia. Miguel Gómez nos demuestra que precisamente por ser pública la ciudad es susceptible a tener tantos dueños como habitantes y que todos tenemos, aunque la despreciemos, una ciudad íntima grabada en el ADN.


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