Proyectos creativos en diversas áreas alrededor de temas bogotanos.
 
 
 
Manuel Romero


Manuel Romero, artista, empezó queriendo a Bogotá en la esquina de la carrera 68 con américas en el barrio Gaitán Cortés. Por cositas. Por el papel silueta descolorido que le vendían a uno en la miscelánea de la esquina, por las calcamonías transparentes de las busetas, por el olor a dulce de curuba de las vecinas. Y lo que sus imágenes quieren ahora es mostrar un sentir que, aunque está ahí desde hace tiempos, no hay nadie que lo diga.

Uno se acuerda de eso cuando ve en las paredes sus figuras cortadas en papel delgadito y tembloroso, que quiere como acabarse rápido. Rosas, pescados huesudos, que desaparecen pero que dejan en la memoria la idea de algo que ya existía dentro de uno, de un “sentir popular”.

Eso del sentir popular es como el que diseña una palabra, dice Manuel. Aunque se haya perdido en el tiempo, el autor de la palabra -mesa- dejó en la boca de los otros una imagen que es común, que es útil porque sirve para nombrar algo que existe para todos. Pero, además, a la palabra del sentir popular se la cubre, se la celebra y se le adorna. Mejordicho, un mantel de fiesta para la mesa.

“El querer es un poder”, dice un corazón sobre papel delgadito. Como una versión más larguita del conocido “querer es poder”. Aunque las palabras se le ocurrieron a Manuel en una tomada de yagé, lo que sí piensa uno es que esa manera de decirlo no se puede sino en Bogotá. Es que cuando uno no tiene cómo, es con el querer con el que se puede hacer las cosas, ¿sí?

“Pensar bonito” también nace del sentir popular. Es la imagen que acompañó “gozo poderoso”, el disco de Aterciopelados. Manuel lo ve como un emblema, listo para que la gente pueda pegárselo encima como estampa, como tatuaje, como calcamonía: como el Cristo de las Busetas, que deja ver en el otro lado al chofer y a la gente en la calle que seguro quiere llegar a alguna parte, como uno. Con ese afán, ¿quién se acuerda de que el primero que hizo esa calcamonía fue Durero?

Pero hay cosas que siguen ahí, aunque el papel se rompa, aunque la calcamonía se acabe. Manuel quisiera ser capaz de hacer una imagen que perdurara como una palabra, que pudiera unir algo: lo que se siente con la expresión de ese sentir. Que ayudara al que está ahí a hacer ver lo que uno tiene, y a que se diera cuenta de que él tiene una imagen parecida por dentro.

La Bogotá de Manuel Romero es grande. En la época de vivir en el Gaitán, su papá le contaba de un ovni que habían visto en el barrio como en el setenticinco. Con eso está haciendo una historieta. Después, se metió por los huecos de los subterráneos de la trece para encontrarse en las paredes con Condorito, TQM y El Pipí Fantasma, y las metió en una colección que se llamó “arte plop”. Hace unos años, en “sabor y saber”, invitó a muchas vecinas para que le contaran los montones de recetas y remedios con frutas que tienen en la cabeza. Reunió como 300 mil posibilidades de sabor, pero un solo amor sabanero, como la matica que crece en los alrededores de Bogotá, y sólo de ella.


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Reseñado por Laura García
reinapopular@yahoo.com