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El eterno vuelo de Giselle
Un artículo de Cristian Valencia
La presente, como la de las rosas que venden a la salida de las discotecas, es una historia incierta. Bien pudo ser recogida del pasado perfumado de una fiesta quinceañera o de los restos de un funeral. Ahora llega renovada para usté, señor comensal, envuelta en un tubito de celofán.
En esta historia, la inspiración podría llamarse Yidis, Yurlay, Yormari, Yadira, Yulipaulín, Yandra, Yamis, Yinet o Yojana: hay que ver el poder que tiene un nombre que comienza con una intersección. Pero se llama Giselle, o tal vez Yisel, porque en ella también se unen dos caminos.
Para Yisel, la calle es el sitio que la recibe sin preguntas y escucha alelada la narración de todos sus pasados posibles. Por eso es que don Cristian trata de rehacer el relato con la altura literaria que el personaje se merece. Más allá de la motivación de lo verdadero, más allá de si se trata de Giselle o Yisel, él también se permite el goce de escucharla con la boca abierta, o como dirían en la teoría literaria, con una perfecta suspensión de la incredulidad. Ella, por su parte, ahí nos deja la inquietú.
La moraleja de leer la narración de Cristian Valencia es que a esta ciudad nunca se le acaba la inspiración. Puede pasar rauda sobre balineras, arrodillarse en el andén para vender zapatos usados de colores indecibles o susurrar deambulando entre el tráfico como una loca. Ojo pelao, señor comensal de historias, que de pronto por ahí puede andar la suya.
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Reseñado por Laura García
reinapopular@yahoo.com |
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