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La cara de Bogotá
Del proyecto One world with many faces (http://www.honory.de)
por Alexander Honory
En 1997 llegó a Bogotá un artista austriaco llamado Alexander Honory. Calvo, de vestir descomplicado, irritable y obsesionado con la perfección, instaló en la Plaza de Bolívar un container que aún es su estudio fotográfico de viaje. Cualquier persona que se dejara seducir por la extrañeza de su cometido, registrar 720 rostros en primer plano a blanco y negro, podía entrar y dejarse fotografiar gratis. Sólo necesitó de una semana para lograrlo. Y entre tantas otras, se fue con la cara de un ciego cuya ausencia de expresión quedó grabada en su memoria, la de una niña que hizo esfuerzos para no explotar de la risa; la de un hombre o una mujer que no se sabe si es un hombre o una mujer; la de un bizco tan bizco que confundiría al lente de cualquier profesional; la de un bigote con cara; la de un sacerdote con los mismos labios fríos de Hitler; la de una mujer con una provocativa mancha de chocolate en la quijada; la de un niño de la calle que no había pasado buena noche; y la de Antanas Mockus, que acababa de renunciar a la alcaldía de la ciudad.
El ideal de Honory es visitar en total 12 grandes ciudades y completar 8.000 rostros humanos. La nuestra fue la tercera visitada después de Viena (Austria) y Amberes (Bélgica). Luego se fue a Panamá, a Buenos Aires, y a Lodz (Polonia). En todas hizo lo mismo: tomarle fotos a desconocidos y dejar un libro publicado con ellas. El de Bogotá se llama “La cara de Bogotá” y en el prólogo, Armando Silva dice que el artista se lo confesó: no busca nada distinto a captar rostros de diversas culturas expuestas bajo las mismas condiciones de luz, distancia y ángulo de la visión.
En “La cara de Buenos Aires”, el libro con 720 rostros argentinos, la escritora Beatriz Sarlo dice que a través de su trabajo se puede reconocer lo común que existe entre hombres y mujeres que no comparten nada excepto su espacio urbano. Y en el de Ciudad de Panamá, “La cara de Panamá”, el periodista Pedro Rivera, dijo que mirándolo se sentía como si se mirara al espejo recién levantado, y que en cada cara veía un poquito de lo que era la suya. Honory solo dice que viajar por el mundo en busca de rostros desconocidos lo salva de sentirse solo y triste. Lo que él quiere es que nos detengamos por un momento y veamos lo mismo que siempre hemos tenido a nuestro alrededor: gente.
A Bogotá vino acompañado de su esposa, de sus productores Engelbert Theuretzbacher y Pablo Burgos, y del fotógrafo Ewa Kulasek. Para lograr la instalación de su estudio-container se dejó dar la mano de Urian y Muyi Neira, diseñadores bogotanos, y la de todas las embajadas en donde hablaran su idioma, además de la UNESCO, la Sociedad Alemana de Fotografía, y otros muchos a los que el público también agradecería si siguen contribuyendo para que Honory visite las otras seis ciudades que le faltan. Hasta ahora no sabe cuándo va a terminar: “cuando tenga la posibilidad”, sencillamente responde. No tiene afán, lo esperan todas las caras de este mundo.
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Reseñado por Mauricio Gaviria
gaviriamauricio@hotmail.com |
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