Marcas y productos que se han convertido en patrimonio de la ciudad y de la nostalgia.
 
 
 
Postales tipo chequera
Un producto de Ediciones Movifoto


Enviar una postal de puño y letra es un acto de fe: se va sola, sin sobre, empelota. Escasamente la cubren un taparrabos en forma de estampilla y una hilera de tatuajes caligráficos ajenos a su piel. Va por ahí, a la deriva, sin recomendación de nadie y puede que se extravíe. Cualquiera puede tocarla, pasarle los dedos, ojearla y descubrirle los secretos; cualquiera se le puede burlar, leerla con malicia y violentar el lenguaje íntimo de los que ella une a lo lejos.

Gracias a Dios o a alguien existen las postales tipo chequera: tienen una especie de recibo de envío para que uno sepa a quién le está girando la correspondencia; eso por lo menos deja a paz y salvo la conciencia. Uno y ellas y ellos saben que fueron enviadas, pero claro, no todas llegan y a veces su destino termina siendo el apetito impune del olvido.

Hay otras postales, como éstas, que ni siquiera fueron enviadas y sólo hasta hoy, sin querer queriendo, su retrato virgen nos trae noticias del tiempo en que un fotógrafo las concibió a imagen y semejanza de Bogotá. Y quién las iba a creer populares embajadoras de su época en el futuro.

Aquí está Bogotá cuando sus taxis podían tener cualquier color de colombina, cuando no le parecía ciencia ficción un cielo rojo sobre Monserrate, cuando desconocía que su Palacio de Justicia necesitaría una cirugía arquitectosocioreconstructiva, cuando tenía más transeúntes que bolardos, cuando un Renault 12 era último modelo, cuando la capa de smog aún no era un velo de vergüenza, cuando el águila de su escudo posaba despeinada para la foto. Aquí está Bogotá de noche, cuando recién descubrió que ya podía darse el lujo de protagonizar la escena panorámica en que la gran ciudad se queda sin energía.

Estas tarjetas de cartón con olor a closet de abuelita viajaron a través del tiempo, se salvaron de las cejas de los carteros y del olfato de los sabuesos, ni una huella ni un puño ni una letra las hostigó. Llegaron sin moverse de un almacén tierra adentro en el centro de la ciudad. Y lo hicieron bien: Nos ayudan, a pesar del tiempo y la distancia, a hacer llevadera la nostalgia.

PD: Dígale a mi tío que el Continental ya no tiene estrellas y que -naiden- se acuerdan de él. Y que qué me hizo los tenis!?


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Reseñado por Mauricio Gaviria
gaviriamauricio@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
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