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Ximénez
Periodista
Si Borges hubiera sido colombiano, seguramente nos habría sorprendido con un relato sobre Ximénez. Este hombre, bajo, de mirada escurridiza, supremamente curioso y angustiado, trabajó como carpintero a orillas del Magdalena, fue celador en Barranquilla, oficial de gobierno en San Andrés, y esto era sólo a los 16 años, después trabajó como periodista en El Tiempo y operario de la Imprenta Nacional. Hasta este punto de su vida, aparte de su sentido de aventura, no existe nada que nos de una pista de la creatividad de este hombre que en las páginas de los periódicos supo recrear una ciudad mítica y efervescente. La Bogotá de los años treinta encontró en Ximénez su juglar de época, gracias a él las callejuelas, los bares, los prostíbulos, los lupanares, los rincones de mala muerte fueron conocidos día a día por un incrédulo público capitalino ante el cual la ciudad se desnudaba. La Atenas suramericana dejaba ver su rostro de Babilonia, y Ximénez, el reportero de lo mítico y desconocido mostró sus destrezas, no sólo como cronista, sino también como poeta, y en algunos casos como novelista. Germán Arciniegas, director de El Tiempo en aquella época, tuvo que reprenderlo varias veces por las crónicas que inventaba.
Las crónicas de Ximénez son tan diversas, como increíbles, en ellas nos relata la historia del supuesto negociante que estafó a una pareja estadounidense vendiéndole los restos de Simón Bolívar, noticia que fue reproducida en periódicos gringos; también muestran una visión más sórdida de la realidad, cuando aburrido de su trabajo como cronista, Ximénez decide correr a los levantamientos de los fiscales e introducir poemas en los bolsillos de los suicidas del Salto de Tequendama, para luego recrear historias de amor y de orgullo en la página judicial del periódico, volviendo famoso de esta forma a su alter ego Rodrigo de Arce, cuyos poemas eran sospechosamente frecuentes en las peleas de arrabal que se llevaban a cabo en las cantinas de Bogotá. Así mismo, su imaginación lo llevó mucho más lejos, inventó un ladrón completamente ficticio llamado Rascamuelas, cuyos crímenes, inventados por Ximénez, fueron cobrando tal popularidad al punto que en la distintas estaciones de policía se empezaron a tener denuncias contra el archivillano de Bogotá. Lo más paradójico de esta aventura fue la persecución, esta si real, hecha por la policía, y el encargo que se le dio a Ximénez de cubrir el operativo. Sin embargo, su vida de ficción se vio realizada en 1941 cuando la revista Cromos le dio la oportunidad de publicar su novela, basada en el suicidio del ciudadano alemán Herman Winter, en el ya conocido parque del ahorcado.
De su temprana muerte sabemos que fue causada por su pasión. En 1946 un taxi cayó al abismo del Salto de Tequendama, causándole la muerte a sus dos ocupantes. Ximénez, cubriendo la noticia, bajó hasta el sitio donde se encontraban los cuerpos, lo cual le causó una neumonía que lo llevó a la tumba. Tenía entonces 31 años, y sus crónicas, y la primera novela policíaca colombiana, quedaron como testimonio solitario de la vida de este reportero, poeta y novelista que transformó nuestra forma de leer el periódico.
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Reseñado por Camilo Andrés Rosero
camiloandres@gmail.com
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Las famosas crónicas de Ximénez
Editorial Planeta, 1996
Un grupo de investigación de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Antioquia se dio a la tarea de recopilar, por primera vez en un libro, una pequeña muestra de la obra periodística de Ximénez aparecida en El Tiempo entre los años 1932 y 1945. Lastimosamente este libro no se ha vuelto a reeditar, y la única forma de conseguirlo es en el mercado de usados. Sin embago, la biblioteca Luis Angel Arango, en su Biblioteca virtual, ha puesto a disposición del público en general la totalidad del libro. |
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