Sujetos vivos, muertos, reales o imaginarios que integran el reparto bogotano.
 
 
La Rebeca


El año se acaba y las noches del centro de Bogotá se ponen más salvajes. La basura abunda en las calles como los sueños de grandeza de los habitantes de esta ciudad. En el barrio Santa Fe una hermosa plaga de gatos se apodera del deshabitado Cementerio Central y al más puro estilo de Los muertos vivientes, los "michos" resucitan en las noches y le dan materile a las palomas que creen que dormir en el hueco de una tumba abandonada es lo más seguro.

Los sonidos de Anny´s Boogaloo de La-33 retumban en los prostíbulos clandestinos que quedan cerca a la Universidad Inca. Los buses de la décima y de la carrera trece pasan raudos y veloces recogiendo a los borrachos que pagan su pasaje con un puñado de monedas y desilusiones. Las vendedoras de aromática y tinto esperan que no llueva pero sí que Dios las bendiga con un frío que se meta hasta los huesos para que así su carrito de aguas sea el punto de encuentro de ladrones y policías que se dan la tregua mientras la hierbabuena y la aguapanela le devuelven el calor a la sangre. Un gamín disfruta de un pan robado y un decadente hippie cuarentón trata de armar bicicletas con alambre dulce.

Y en medio de los gatos, los policías, los buses, la basura, el hippie, el gamín, los prostíbulos, las vendedoras de aromática, las canciones de salsa y las luces de la ciudad, está ella; silenciosa, hermosa, taciturna, con las tetas al aire y con una sábana que apenas le cubre lo poco que le queda de dignidad. Su nombre, Rebeca; su edad, 80 años, pero por la magia del yeso, sigue conservando la lozanía que su creador Roberto Henao Buriticá le imprimió por allá en 1926 cuando quiso regalarle a esta ciudad su propia Venus de Milo. Una Milo (isla mediterránea al sureste de Grecia) que se reduce a una plazoleta circular llena de basuras y una que otra billetera vacía lanzada en el lago de los deseos de Rebeca.

Ella, con su plato, sus hombros simétricos y su expresión perdida en el tiempo es testigo muda y desnuda de los cambios de la ciudad; ella, que en los cincuenta y sesenta albergaba en su pequeña Milo a los gamines que daban show de clavados a los cachacos por algunos centavos; ella, que en los setenta perdió la nariz por culpa de algún reaccionario que la emprendió contra la pobre mujer.

Nacida en Paris, juzgada por los católicos ortodoxos de los años treinta, desplazada del parque centenario y agobiada por algún punk que en los ochenta le pintó el sello de anarquía en su delicada espalda. Rebeca. -¿Por qué le antepusieron el despectivo "La"?- llegó como regalo para Bogotá en el cumpleaños número cien de Simón Bolívar. Pero claro, como todo lo que nos recuerda al libertador (el hospital, el sector de la ciudad, el departamento y hasta la aseguradora) no escapó de la tragedia y cayó en desgracia.

La hermosa francesa de padre quindiano y residencia bogotana está, lastimosamente, peor que nunca. Su fuente de agua que en un principio significó abundancia, es ahora cuna de zancudos, piscina de palomas y botadero de basuras. Otros son los tiempos en que el maestro Manuel H. lavaba el papel de revelado en sus aguas; en que era la protagonista de los sermones del capellán de la Catedral Primada ; en que era un orgullo tomarse una foto así fuera a veinte metros de semejante mamacita.

Pese a todo, ahí sigue Rebeca, con sus pechos parados, con su cuello largo y elegante, con su expresión de inerte tristeza y su nariz rota; ahí sigue como una más de las tristes putas del centro de la ciudad, como un monumento al olvido cultural, como cómplice de ladrones y policías corruptos; ahí sigue Rebeca, con su plato tratando de recoger un poco de agua para refrescarse y tener la fuerza de levantarse y escapar a un lugar donde sus curvas infundan deseo y no tristeza. Ahí sigue Rebeca, la única franco-rola que nos muestra las tetas sin necesidad de aparecer en una revista o convertirse en presentadora de televisión; ahí sigue Rebeca, la novia del pueblo, la guardiana de las palomas; ahí sigue Rebeca, la mujer más bella del centro de Bogotá.


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Reseñado por Diego Fernando Valencia
diegofernandovalencia@gmail.com
 
 
 
 
 
 
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