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Panorámicas de ciudad
Fotografías tomadas desde la Torre Colpatria
El modelo urbano gringo dicta que el símbolo de poder de una ciudad y su carácter de metrópoli está representado por la magnitud de su downtown skyline, es decir, de la panorámica de sus edificios. A algún ilustre ciudadano local de esos que uno se pregunta pero en qué ciudad viven, le dio por someter a la chaparrita ciudad de Bogotá a semejantes criterios y así, atendiendo más al deseo que a las evidencias, caló la idea de que los modestos 192 metros de la Torre Colpatria eran dizque "el símbolo" de la ciudad. Por supuesto, salimos pésimamente librados: no sólo no teníamos con qué competir en el concierto internacional sino que nos acomplejamos por no tener rascacielos, al mismo tiempo que olvidábamos que tenemos cualidades que nos representan mejor y en las que nuestra ciudad sí hace la diferencia. Pero no todo fue malo, fue precisamente ese imaginario, ese orgullo de pobre, el que al cabo de medio siglo presionó para que se comprara un sistema de iluminación arquitectónica para la Torre, se remodelara la terraza y se le adecuara como un elemento urbano que tanta falta le hacía a la ciudad: un mirador metropolitano.
La Torre Colpatria es un edificio más bien feo, ubicado en la calle 26 con carrera 7ª sobre el punto en el que la Bogotá colonial y la moderna convergen. Así que si la Torre Colpatria de veras simboliza algo, es el paso de lo uno a lo otro: el punto sobre el que se levanta la edificación marcó durante trescientos años la salida al campo (San Diego), pero a partir de 1940, la entrada a la modernidad. Desde su piso 50, la vista se extiende, al norte, hasta las antenas de Suba y hacia los nuevos límites rurales; al sur, hasta la espinita en la conciencia de la Bogotá (Ciudad Bolívar); al oriente, hasta los cerros tutelares; al occidente, hasta el aeropuerto, la antigua salida al Río Grande de la Magdalena y, si se corre con suerte, hasta el Nevado del Tolima. En general, Bogotá se ve estupenda de lejitos: más planificada y menos desportillada; una ciudad de Lego, o mejor, de Estralandia, Armotodo y arbolitos de estropajo.
La sensación de estar en la Torre Colpatria podrá ser una pendejada al lado de lo que será estar en el Empire State, pero no deja de ser sobrecogedor dominar la sabana e imaginar la vastísima planicie virgen que contempló Jiménez de Quesada en 1538. Mal o bien, desde su piso 50 se está a ras con el Señor Caído y con 192 metros de ventaja sobre los demás mortales en la carrera hacia el Señor de las Alturas; en la terraza no sólo se está un tris por encima de Mr. Smog sino un tris por debajo de Mr. Spok y su corte intergaláctica (como lo demuestra el OVNI que merodeó la torre el 12 de octubre de 2000); desde la terraza se pueden hacer sombras chinescas sobre el aviso luminoso de la corporación para que mamá vea que estoy triunfando y se está a salvo de los atracadores pero claro está, a merced de las ventiscas y a grados centígrados por debajo del calorcito del Parque Nacional.
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