Emblemáticos sitios y establecimientos en donde transcurre la vida bogotana.
 
 
Lourdes


Es reconfortante que Julio diga que nunca va a olvidar que su primer apartamento de casado tenía vista sobre el campanario de la iglesia de Lourdes, porque levantar esa bendita torre fue una tarea ardua. El 17 de mayo de 1917 en plena misa de 6 de la mañana la tierra tembló y la imponente iglesia de Chapinero, que parecía estar llegando a feliz término luego de 42 años, se vino abajo cumpliendo al pie de la letra con la profecía del padre Margallo: “cuando se termine de construir la torre central, la iglesia se derrumbará”. Vuelva y arranque.

En 1937 se consagró finalmente la iglesia a Nuestra Señora de Lourdes. El diseño final, cuando se le compara con el dibujo original de Julián Lombana, es una especie de “sabe qué, mejor dejemos así”: luego de la tragedia, el precavido arquitecto Arturo Jaramillo se apersonó del proyecto y recomendó limitar la altura de la iglesia machetiándole la aguja central. A pedido del entonces arzobispo de Bogotá, Monseñor Vicente Arbeláez, el maestro Lombana, un arquitecto que varias fuentes insisten en calificar de NO PROFESIONAL PERO DE GRAN TALENTO (¿?) había diseñado una réplica muy similar de la basílica de Lourdes (Francia) que está construida en inmediaciones de la gruta en donde la Virgen María se le apareciera a la campesina Bernardette Soubirous.

Parece que en aquel joven siglo XX la cosa era muy apacible y familiar en la población de Chapinero y que la iglesia, quizás sobredimensionada para el tamaño del poblado, estimuló una sana y devota vida de parque. Hoy, el parque de Lourdes no tiene nada de apacible –se ubica en una de las avenidas más caóticas de la ciudad- y, uno no es quién para saber si la devoción a la Virgen es mayor o menor, pero el espectáculo le ocasionaría a Jesucristo un colapso nervioso de dimensiones bíblicas. Ramón, quien en los años noventa frecuentó muchísimo el parque por ser éste el centro de la escena alternativa de la época, compró marihuana y vio a punks reventarse a golpes cerca del busto del arzobispo Arbeláez, ve una relación muy estrecha entre la situación del parque y la historia de la Purificación del Templo de la que habla San Juan el evangelista. No le falta razón a Ramón, la relación es casi milimétrica: en San Juan 2 (13-22) un Jesucristo energúmeno de látigo en mano vuelca mesas y les grita a los mercaderes “Quitad esto de aquí. No hagas de la Casa de mi Padre una casa de mercado”.

Y por eso mismo Andrea relaciona al parque de Lourdes con el santuario de El Señor de los Milagros de Buga: una explanada de comerciantes coronada por una catedral. Aunque bueno, Andrea también relaciona el parque con otras cosas: con México (razones que no puede explicar hacen que el Parque de Lourdes le recuerde a la Virgen de Guadalupe) o con la cartera que le compró una vez a su empleada doméstica; para ella Lourdes es el lugar al que iría a rebuscarse artículos baratos o difíciles de conseguir. Cosa que Francisco jamás haría. Sí, el man le tiene mucho respeto a la iglesia, pero le tiene más respeto a los raponeros y violadores que según él abundan por allí. De modo que cuando le toca pasar por la zona, sube la ventana del carro y ojalá el semáforo de la 63 esté en verde. Don Alcides sería de la opinión contraria: él se vino a tomar fotos turísticas en el parque de Lourdes porque en Los Mártires la cosa estaba muy peligrosa.

Y uno no sabe qué pensar. La iglesia es como un insecto fabuloso en medio de un paisaje delirante. A veces la iglesia hace todo eso que hacen las catedrales góticas: sus torres señalan el firmamento y deslumbra como un prodigio de la fé católica. Y a veces ni se ve. “Pa qué le digo mentiras”, dice Ramón, “vivía metido en ese berraco parque y la verdad verdad jamás entré a la iglesia, creo que ni nos dábamos cuenta que estaba ahí”. Julio, el que con su mujer observa las torres desde la ventana, cuenta que hace unos años vió salir a una familia entera de una alcantarilla detrás de la iglesia y se quedó pensando en lo curioso que era que por ese lado, como del culo de la iglesia, saliera una familia del ultramundo. En la esquina del parque hay un McDonald´s, la iglesia tiene gárgolas, aquel tipo reparte volantes promocionando una hermosa vaquerita por $20.000, la plaza esta inclinada, aquella señora se persigna desde la buseta, éste era un barrio elegantísimo, uno no sabe qué pensar.


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La imagen de la iglesia