Emblemáticos sitios y establecimientos en donde transcurre la vida bogotana.
 
 
 
Iglesia del 20 de Julio


En medio del tierrero de aquel 20 de julio de 1810 en que molieron a patadas a un español por malagente, un agitador clamaba desde un balcón: en estos momentos de efervescencia y calor... y lo que sigue, a buscarlo en las cartillas de historia primaria porque la turbamulta no dejó oír más o porque se nos olvidó (la historia nos la enseñaron toda de memoria). Pero no hace falta recordar más, precisamente efervescencia y calor es lo que el barrio del 20 de julio mejor conserva de aquella fecha patriótica que le dio el nombre. La calle 27 sur con carrera quinta, que hace setenta años todavía era un terreno rural y escarpado, hoy en día es probablemente la zona de Bogotá con mayor población flotante, y no exactamente por el carácter pantanoso de su suelo que terminó secando el hormigón, sino porque es un centro de fervor religioso que se cuenta dentro de los mayores de Suramérica.

El crecimiento acelerado y la concentración casi inusitada de multitudes y de actividad en el sector no tiene una explicación urbanística, se debe llana y exclusivamente a Él. Los límites del vecindario son difusos, pero el centro es matemático: el plexo solar de la estatua de un peladito de unos cuatro años que, aseguran, es el Hijo de Dios y obra milagros. Aquel centro irradió un barrio, una comunidad y una devoción sobre una zona en donde en términos prácticos no había nada: boñiga y eucaliptos. Orgullo nacional para los devotos, dolor de cabeza para los urbanistas, miel de abejas para los sociólogos, sueño dorado de todo cura y galería viva para populardelujo, de entre todos los milagros que se le atribuyen al Divino Niño del 20 de Julio, el mayor de ellos es el barrio mismo. Estrictamente, la vecindad termina casi donde termina el templo, pero su influencia se siente en todo el territorio nacional, al punto de que la repetición compulsiva de la imagen del Niño ha terminado por demostrar a los más escépticos que Dios efectivamente está en todas partes. Y aunque corto se ha quedado el Divino Niño en curarnos de la afición que como raza tenemos a levantarnos a trompadas, al menos en el 20 de julio, su jurisdicción, nada queda del pasado tropelero asociado a la fecha; nadie quiere quedar mal parado, el Niño observa.


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