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Del veinte de julio al doce de octubre
"Reflexiones de un corazón roto en el puesto de atrás de un bus"
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Dicen que lo que más duele del amor es el tiempo, al fin y al cabo éste resulta ser el más estricto y objetivo indicador de nuestras vidas; en esta ciudad donde las palomas se cagan en los hombros de los que sueñan con volar lejos de acá en busca de "mejores" épocas; el tiempo más que un indicador o una memoria se convierte en lugar, institución, olor, amor. Aquí el tiempo es patrimonio popular. |
Es domingo en Bogotá, la mañana huele a paleta de limón artificial; después de terminar la misa de las diez, la más multitudinaria en el Divino Niño; alrededor de tres mil personas empiezan a irse con el corazón lleno de esperanzas; no hay sexo, estrato, condición o mucho menos olor, sólo la fe de una plegaria invocada desde lo más profundo del corazón y del temor. Lentamente las siete mil almas con sus respectivos cuerpos dejan atrás la petición para seguir adelante con sus vidas; algunos van en carro, otros en taxi, pero hay quienes se atreven a más, hay quienes se atreven a desafiar el tiempo y el espacio cada semana subiéndose en la última ruta bogotana que cubre el calendario que resulta ser esta ciudad.
Un dodge modelo 67 de la ya casi extinta Flota Blanca, ruge con la furia de un corazón roto en domingo, lentamente el bus empieza a descender entre la multitud, entre calles estrechas esquiva los niños que desde muy temprana edad aprenden que esta cultura sabe a morcilla con papa criolla, a tamales llenos de arveja con alas de pollo no transgénico. El dodge 67 ruge y sigue su descenso entre puestos en donde el catolicismo coquetea sutilmente con la santería y los ritos amazónicos; dentro del bus Radio Recuerdos nos enseña una vez más que a veces los seres amados, pasan a ser unas ratas de dos patas.
El Flota Blanca frena en el último semáforo antes de llegar a la carrera décima con 27 sur; un último rugido, un último desafiante del calendario sube por la parte de atrás, sombrero campesino, chaqueta de cuero desgastada y un pequeño bulto de lona llena de plátanos y arracachas para alimentar los tres mocositos que lo acompañan y que entre sus pelos sucios develan la hermosa mirada del biotipo cundiboyancense. El bus empieza su descenso; a la altura del Restrepo, una pareja de jovencitos; él una imitación de eminem y ella una lolita con acne adolescente. El pragmatismo del chofer del bus hace que el par de muchachitos se queden en el separador de la 27 con costado occidental, en un juego del destino y las hormonas, bajo su libre albedrío podrían escoger entre la Oración fuerte del espíritu Santo o alguno de los moteles con cortinas de falda de colegio.
El bus sigue raudo y veloz, el cielo bogotano se cierra, después de dos orejas la 27 sur desemboca en una transversal a la cual el IDU aún no le ha dado un número específico; como si se tratará de una redundancia cultural en la avenida primero de mayo los que viven en el rebusque diario no paran de trabajar, aquí se cree en Dios, pero eso de santificar un domingo no se hace ni por accidente. Los grandes locales de venta de gallina que colindan con las discotecas de corte art deco reflejan a través de sus fastuosos vidrios panorámicos los moteles que entre dólar y dólar lavado, reciben a los fugaces y secretos amantes de una zona de la ciudad a la que los seudo antropólogos bogotanos han llamado en un acto despectivo la zona rosa del sur, como si en esta ciudad todo fuera un acto reflejo entre ricos y pobres.
Para esta altura la ruta del dodge 67 se ha puesto más dulce, una mujer vende chocolates peruanos a los desesperados pasajeros que después de salir del trancón de la primera de mayo se enrutan raudos y veloces por la avenida Boyacá; luego entre barrios y parques el Flota Blanca retoma su camino hacía el oriente; los primeros truenos del aguacero de domingo son acallados por un dueto de raperos que le cantan a la revolución popular que implica rapear. La lírica intimidante va acompañada del vaivén de sus interpretes a causa de la fuerza centrifuga de las curvas; las monedas que no enriquecen ni empobrecen, pero que si limpian conciencias, van pagando el sueldo informal del par de artistas; el bus sigue su recorrido; la gente se acomoda y se reacomoda en las sillas blue bird; una mujer acompañada de sus tres hijos sube a esta nave del tiempo; como si se tratara de un acto circense o de una política de evasión fiscal los pequeños suben muy juntos al punto de hacer que la registradora, solo marque un pasaje.parece que esta es la génesis del tres por mil. Luego la mujer paga con un puñado de monedas; el hermano mayor un muchachito de unos doce años en cuestión de segundos, recorre el bus acomoda a sus dos hermanos en un puesto, va por su madre y le ayuda con un paquete; los dos llegan al puesto, y se acomodan con los otros infantes; una pequeña pelea por saber que hijo disfrutara el placer de ir en el regazo maternal le pone el broche de oro a una escena tan bogotana como el pan con chocolate.
El camino sigue, la lluvia cae y Bogotá empieza a lavar sus penas; los charcos y el triste olor de domingo en la tarde une a los pasajeros del tiempo; al llegar al siete de agosto la escena es más bien tranquila; locales y locales con la rejas abajo. Un semáforo para el viaje en el tiempo. Un par de perros pelean diente a diente una bolsa de basura de uno de los muchos rincones del pacífico de esta ciudad; el bus sigue, el aguacero también las nubes sobre los cerros orientales indican que la lluvia va acompañar a los bogotanos un buen rato más; después de tomar la carrera 24 el bus empieza a bajar a la calle 68 rumbo al doce de octubre. Yo por mi parte decido parar mi viaje en el tiempo; necesito descender, quedarme en algún punto de este calendario y lavar las penas con la lluvia bogotana; timbro, mientras el bus frena, veo como la mujer de los tres hijos da una lección de geografía capitalina a su hijo mayor, indicándole que para ir donde la tía Margarita hay que bajarse tres cuadras después de mi punto de deserción; me bajo, el Flota Blanca se va, desaparece entre nuestra desorganizada arquitectura y yo me quedo observándolo, viendo como esa nave urbana, se enfrenta a lo único que cura una buena pena de amor. El tiempo.
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Texto de Diego Fernando Valencia
diegofernandovalencia@gmail.com |
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