Emblemáticos sitios y establecimientos en donde transcurre la vida bogotana.
 
 
Cementerio Central


En estos días en los que el mundo anda tan convulsionado, en los que hasta el mismísimo pueblo de Dios amenaza con la bomba nuclear, cuando comerse un sancocho de gallina puede llevarnos al final de los días gracias a una gripa engendrada por un pato australiano, cuando todos nos sentimos objetivo militar por culpa de los de siempre, cuando definitivamente hemos entendido que no hay ni cama, ni comida, ni agua pa tanta gente, y cuando vemos en las noticias que a cada rato se aparece la virgen llorando sangre o que alguien se iba a fritar un pescado con la misma contextura facial de nostradamus, empieza el tanatos a cobrar de las suyas y el instinto de supervivencia se faltonea y nos recuerda que no somos tan invencibles y mucho menos eternos.

Es en esos momentos de paranoia cuando empezamos a fijarnos en lugares como aquel poco acogedor sitio ubicado en el corazón de Bogotá, exactamente en la esquina del ventrículo izquierdo de la calle 26 con carrera 17 ahí está el tan temido pero inevitable Cementerio Central.

Con sus paredes adoquinadas, y sus dos manzanas de extensión, este lugar se empezó a construir en 1848 y desde entonces no para de recibir visitas, de hecho hay quienes se han quedado a "vivir" para siempre. Son mas de 14 mil cuerpos que reposan entre los pasillos, los losarios y los panteones de este parque cementerio. El término parque, más que por la extensión, se da por el juego de la vida y la muerte; en el Central los muertos tácitamente le piden a los vivos que no los olviden y los vivos le piden a los muertos que por favor desde el otro lado del charco espiritual nunca falte la vida.

Son miles de tumbas que en su pequeña extensión guardan la vida de muchos a quienes sólo se les puede conocer por el salmo inscrito, por el clavel marchito, por la veladora de cebo que deja el taxista creyente. En el Central las tumbas son un fiel reflejo de lo que queremos ser; en el Central se viene abajo la teoría de que nuestra cultura es indolente ante la muerte. Basta ver las lápidas de las almas más jóvenes con las pegatinas de batman y goku, basta ver el escudo de Millonarios o Santafé en alguna tumba, basta ver la foto del ahora difunto para saber que aún la muerte nos duele. y mucho.

Pero no son solo dolientes. Por los diferentes laberintos del cementerio hay mujeres que le rezan a las almas que desconocen; hay quienes llevan flores a los N.N.; unos más osados limpian las tumbas de las posibles brujerías; otros con tres golpecitos y un padre nuestro vienen a pagar promesas o a hacer pactos espirituales; es la feria de la cosmogonía católica, el último rincón de la vanidad; desde la tumba suntuosa con placa de mármol y candado para evitar que se roben los floreros de plata, hasta aquella tapada sólo con cemento y la inscripción de una cruz hecha a mano; todos, absolutamente todos, ricos y pobres, famosos y desconocidos están en una misma e insuperable condición, es como si al final de nuestros días, Dios o la vida le dieran la razón al ateo de Marx y nos sumieran en un comunismo espiritual.

Pero no sólo se trata de muertos, de kitsch, de dolientes, de espiritualidad, de mitos como la mujer de negro que todo el mundo ve llorar en las tumbas de los N.N. pero que nadie ve salir del cementerio; no se trata sólo del descuido estatal y de las inexistentes políticas de preservación histórica, también se trata de sobrevivir. 18 celadores, 40 vendedores de flores, 22 negocios dedicados a los losarios, 4 sacerdotes oficiales, unos 12 curitas piratas, 6 grupos de mariachis, otra media docena de serenateros borrachines, uno que otro atracador y carterista, más de 20 vendedores de velas, 4 de mango biche, 2 de bon ice, tres de chorizos, una de empanadas, uno de envueltos, una familia dedicada al negocio de la venta de chunchullo y uno que otro indigente; son quienes viven de los muertos y los corazones amilanados de los dolientes y los devotos.

Ese es el Cementerio Central, dos manzanas de nuestra ciudad que representan el fin de nuestros días y la pomposidad de nuestra cultura, ahí están todos los santos y los no tan santos soñando el sueño eterno o simplemente descomponiéndose, según la preferencia religiosa y el cariño de los vivos.

Entre sus corredores el viento frío y el no se qué de la muerte se mezclan con el aroma de los claveles, las astromelias y los girasoles que refrescan la esperanza de quienes aún vivos sueñan con ganarle al más acá, aunque al final de cuentas todos terminemos siendo parte del mas allá, así sea en forma de tumba, ceniza o espanto.

P.D: Larga vida al Cementerio Central.

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Reseñado por Diego Fernando Valencia
diegofernandovalencia@gmail.com

 
 
 
 
 
 
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