Emblemáticos sitios y establecimientos en donde transcurre la vida bogotana.
 
 
Café San Moritz
Calle 16 # 7-91
Lunes a Sábado 7:00 a.m. a 12:00 p.m.



Haciendo honor a su nombre, San Mortiz se constituye como una isla en el centro de la ciudad para la generación de aquellos que compran sagradamente la lotería, toman cerveza en vaso, embolan los zapatos con "el de siempre", contratan serenteros y se escandalizan con la presencia de mujeras -aparentemente decences- en cafés y sitios de dispersión.

El aire de los años cuarenta, con sus cachacos y paraguas, se asienta en el aroma de tinto echo en maquina importada desde Italia en 1937. En las paredes de sus tres salones conviven recuerdos de Marylin y de Chaplin, imágenes de la Bogotá de antaño, de la Virgen , de Gaitan y Gardel, las chicas Aguila y el reloj de Mejoral. Las ventas al detal de Mustang Azul, el trago de aguardiente, el bombon bum y el bolero desafinado de los serenateros que entran a las seis de la tarde crean el espacio propicio para olvidar las penas, discutir asuntos de la pensión y la recordar la gloriosa marcha del silencio guiada por Gaitán hace más de 50 años.

Desde el momento de su fundación han desfilado por sus mesas ministros, artistas, actrices, políticos, abogados y poetas, fantasmas de una Bogotá comvulsionada por la violencia bipartidista y las migraciones campesinas de los años cuarenta, que actualmente se confunden con los transeuntes cotidianos que paran a usar el baño, tomar tinto, cerveza, o el famosisimo "combo chocolate con empanada".

Después de 66 años de funcionamiento, el cafe se ha convertido en un billar para estudiantes, un lugar de tertualias de jubilados y un escampadero para loteros, emboladores y vendedores ambulantes en busca de un momento de tranquilidad y contemplación al ritmo de las polvorientas voces de cassette y vinilo.

San Moritz ofrece un rincón para unitarios, para todos aquellos que disfrutan la epifanía de un tinto o una pola en solitario, sentados en una mesa de plástico rojo con cuatro sillas, en un salón con un orinal abierto en la esquina donde la luz es la misma a cualquier hora y las lánguidas repeticiones del acetato ensanchan las paredes con una melancolía austera.


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Texto de Angela Fajardo
angelaf@hotmail.com

Publicado en El FRANCO, publicación de estudiantes de la Universidad de los Andes, Sección La Esquina Anécdotas y curiosidades en la ciudad capital, Edición número nueve, Septiembre - Octubre del 2002.

 
 
 
 
 
 
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