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Café Pasaje
Las horas del Pasaje
El Café Pasaje, uno de los más viejos de la Plazoleta del Rosario, tiene las paredes forradas de madera y dos ventanales grandes desde donde se ve Monserrate. Ahí se reunían los periodistas de El Tiempo antes de que City quedara en la esquina, y posiblemente desde antes de abril del 48. Tiene fama de que ahí se encontraban los escritores y los teatreros, pero quién sabe. Y el tiempo y la gente le siguen pasando.
domingo a las cuatro
Si hay algún partidito, los papás que sacan a dominguiar la familia, entran al Café Pasaje para ver cómo va y para que la señora se tome el capuchino. Barato. Milcien, con canela. En pocillo de Café de Colombia. Los niñitos cuentan cuántos cuadros de la Federación de Cafeteros hay en las paredes. Treinta y ocho, y se cansan. Los vendedores ambulantes de la séptima van a tomarse un par de cervezas. Uno aprovecha para tratar de venderle un camioncito hecho con ladrillos diminutos a unos viejitos que están sentados en la mesa cuadrada de junto de la puerta. Chito que están jugando, le dicen.
miércoles a las tres
Flotan hojitas de yerbabuena en los pocillos de las mesas. Algunos periódicos abiertos: en los avisos clasificados. Los que sí tienen trabajo prefieren tinto antes de volver a las oficinas. Un niño repite con el dedo la huella mojada del pocillo sobre la mesa roja mientras la mamá busca en el bolso suelto para el bus. Afuera, empieza a llover y la plaza empieza a quedarse vacía. La gente se amontona en la puerta del café y adentro se pone oscuro. No tiene cara de escampar, mejor pidamos otra aromática.
entresemana, por ahí a las seis y media
Algunos universitarios en las mesas redondas del centro, seguros de que están sentados en la misma silla en que tertuliaba León de Greiff. Pero eso no era en el Pasaje, era en el Automático. Hablan de política, y algunas viejas miran a ver si se pueden levantar un extranjero, de esos que viven en las residencias de la quinta en la Candelaria, y que también vienen a echar cerveza. La mesera, delgada, de pelo blanco, se acerca a las mesas para cobrar las costeñas. Alguno, que se ha tomado más de tres, pide la llave del baño. El llavero es grandote, de madera. Mejordicho, es un pedazo de palo de escoba que la mesera se saca del bolsillo de enfrente del delantal azul oscuro con la mano izquierda mientas rebruja al mismo tiempo con la derecha para sacar el vuelto con recelo.
viernes a las siete
La gente habla y se ríe, distraída en lo suyo. Entran tres serenateros, de guitarra y maracas, pero nadie les para bolas. Entra un señor de bigote, de unos sesenta años, con una caja de metal en las manos y un montón de cable en el bolsillo del saco de paño café a cuadros. Decidido, se acerca a una mesa donde hay dos muchachos y les dice: prueben su fuerza con la electricidá. Este aparatico genera desde noventa voltios, depende de las vueltas que yo le dé a esta manivela. Usté coge con las dos manos estas barras de metal y me da mil pesos; si se aguanta menos de veinte vueltas me da otros mil, pero si se aguanta más de treinta yo le doy cinco mil. El voltio le tonifica el corazón, joven. Pruébelo.
Los manes se miran y se sonríen. Uno dice que sí. Diez, doce, catorce. Las manos le sudan y se suelta. Ah. Vuelve y se coge. Doce, catorce, dieciséis, diecisiete. Esto es verraco, no crea, le dice al otro man que se está burlando. Se suelta y le da al señor los tres mil pesos. ¿Y usté, joven? En otra oportunidá, le dice.
Se van. El señor del saco de cuadros llama a la mesera flaca, que se sonríe y saca las manos del bolsillo por única vez en la semana. ¿Ya?, le dice ella. Y vuelve con dos cervezas. ¿Todavía son a mil?
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Reseñado por Laura García
reinapopular@yahoo.com |
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