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Triqui Triqui Jalouín
Convocatoria permanente. Envíe sus fotos a info@populardelujo.com De no ser por los jardines infantiles y las discotecas, el Halloween bogotano estaría práctimante extinto. Todos por aquí alguna vez en la vida nos hemos disfrazado, hemos quizás decorado el farolito de la entrada con una calabaza o hemos tenido que entrar a comprar algo en una droguería que exhibe en el mostrador una telaraña empolvada hecha de algodón deshilachado. Pero con todo y eso, el Halloween no es una tradición fervorosamente arraigada entre los bogotanos sino más bien una graciosa oportunidad para romper la rutina de las lluviosas noches de octubre.
Si alguna vez el Halloween fue más que eso, la inseguridad de la década de 1990 que nos encerró en las casas y la prohibición de quemar polvora se encargó de darle el tiro de gracia. Pero los jardines infantiles y las discotecas tomaron como suya la causa y hoy en día son los responsables de su supervivencia: un típico 31 de octubre comienza con las aceras salpicadas de camadas de osos, tigres y supehéroes de moda que van rumbo al kinder, y termina con pandillas de femmefatales, elvispreslis y jhontravoltas haciéndo fila en las fiestas de disfraces. Curiosamente, la infancia y la entrada en la adultez son las edades en que el gérmen del Halloween incuba mejor: todo parece indicar que cuando somos adolescentes disfrazarse resulta la cosa más estúpida del mundo y son la edad anterior y la inmediatamente posterior a la adolescencia en donde comprendemos el encanto, la gracia y la bendición de poder dejar por un ratico de ser nosotros mismos.
Sin embargo, al darle tanta importancia al asunto del del disfraz nos limitamos a un detalle apenas secundario de la ancestral tradición del Halloween. Los celtas, antiguos habitantes del Reino Unido y presuntos precursores de la celebración, vestían mascaras y atuendos extravagantes para confundir a los espíritus malignos que en la noche del 31 de octubre venían a este mundo a buscar vidas humanas para poseerlas y encarnarse nuevamente. Pero esto lo hacían la noche del 31 y no otra porque, extrañamente, determinados ciclos estacionarios hacían de aquella una fecha propicia para que los difuntos atravezaran con facilidad el umbral de la muerte. De manera que Halloween no es sinónimo mortales disfrazados, es sínonimo de muertos que cunden la tierra.
Como lo hizo con numerosas fiestas paganas, la religión católica quizo adoptar el Halloween como propio y matizarlo según sus propios códigos y fue así como transformó el All Hallows Eve (origen de la palabra “Halloween” que significa “noche de todos los espíritus”) en el muy mojigato Día de todos los santos o Día de los fieles difuntos. De repente, los espíritus que asolaban la tierra la noche del 31 de octubre resultaban ser todos una perita en dulce, cuando lo cierto es que los había de todas las calañas: así como se dejaba pan en la puerta de la casa para honrar y consentir a los espíritus buenos, las máscaras tenían el propósito de aullentar a los malignos. Si al convertir en Navidad la celebración pagana del solsticio de invierno la iglesia tuvo un éxito indiscutible, con el Halloween fracasó estrepitosamente. Los curas nunca han encontrado símbolos que puedan siquiera competir con la calabaza o con la bruja que sobre un escoba surca la noche púrpura.
Aunque a estas alturas el sincretismo haya agregado demasiados elementos y vertientes a la fiesta del Halloween y todo parezca demasiado confundido para tratar de encontrar algún elemento de fiar, a algunos nos gusta recordar que el orígen de todo este ovillo es la certeza que tenían antiguos pueblos de que en la noches que rondan el 31 de octubre, cuando en el hemisferio norte las cosechas sucumben a los albores del invierno, sobreviene un extraño pliegue en el tiempo y se abre díafana una zanja por donde el tránsito entre este mundo y el otro está despejado. La magia es más potente, los animales están nerviosos, los sentidos se agudizan y si prestamos suficiente antención quizás alcancemos a ver por entre el boquerón que separa a Monserrate de Guadalupe la silueta de una caravana que encabezada por un príncipe muisca huye, como ha huido durante siglos, a esconder el oro en las reconditas cuevas de la cordillera. O tal vez ya adormilados nos alcance el llanto del recién nacido que abandonaron a las espumas del río Tunjueltio o el tiro que se ajustó el suicida de alguna casona de La Cabrera. En esas noches la niebla parece un organismo vivio, un chiflón que se cuela en la casa puede ser el rastro de un visitante y las marcas de humendad en los muros son más propicias a sugerir rostros.
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