Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
Quiero ser noviembre


Con nostalgia y algo de rabia debo mirar hacia atrás y recordar que entre octubre y diciembre hay un mes llamado noviembre que, por aquello de la mercadotecnia, está cayendo en el olvido. Parece que a los centros comerciales, a los importadores de árboles de navidad, a los bancos y sobre todo a la cultura se le ha olvidado que existe un mes de lluvia, un mes donde los niños terminan sus estudios, un mes once con dos lunes festivos seguidos…

Este es un llamado para que nuestra cultura no caiga en el juego de la eterna navidad. Acá la natilla, los buñuelos y el anana nanita ea, son para diciembre. Sí es buen negocio comprar los regalos en noviembre y empezar a pagarlos en febrero, sí es cierto que la felicidad debe procurar alargarse, pero una cosa es la felicidad y otra la falsa festividad.

Me encantaría ser noviembre y llover muy duro y tirarme las instalaciones de las casas y de los centros comerciales. En verdad necesitamos una pausa entre triqui triqui Halloween y la tutaina. En verdad necesitamos un espacio para comprar el marrano y la gallina y engordarlos con los sobrados de arroz y así darle “mate” al animal en cuestión el 24 de diciembre, necesitamos que la noche de las velitas del siete de diciembre sea la bienvenida a la navidad y no la recta final de una fiesta que lleva mes y medio.

No se trata de dárselas de grinch ni de filósofo espanta festividades, se trata de no jugarle más a una época climática que no nos pertenece, bien por aquellos países que tienen la fortuna de ver nevar o de buscar la calidez familiar a causa del frío del invierno. Pero nosotros somos del trópico, acá la cara se nos quema un 15 de noviembre, aquí el sol brilla en diciembre y las penas se lavan en el agua de noviembre.

Quiero ser noviembre y llover muy duro para recordarles que las tardes del mes once están hechas para tomar chocolate con queso y no para andar tirándose la atmósfera con una Navi Nieve prohibida en 36 países por sus corrosivos efectos ambientales…

No sé si es un capricho, un ataque de amargura o de romanticismo, pero lo cierto es que en nuestra cultura el niño Dios nace el 25 de diciembre, el pesebre con carros, patos gigantes e iglesias se hace desde el siete del mes doce…el mes once está para vivir, para mojarse, para imaginar y no para unir el triqui triqui Halloween y la ya desgastada navidad.


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Texto y fotografía de Diego Fernando Valencia
diegofernandovalencia@gmail.com

Fotografía tomada en la calle 13 una cuadra antes del puente de la Boyacá
 
 
 
 
 
 
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