Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
 
Mecánica Popular
Fotografías de Leonardo Ochica


Todo niño paga y ocupa puesto
Si hay algo que realmente marca los cambios en el proceso vital de los seres humanos es la forma que toman los deseos. La atracción hacia algo y la intención irrefrenable de poseer o alcanzar algo indica la manera en la que vamos avanzando en la vida. Bajo esta idea podría suponerse que, a medida que el individuo va desarrollándose, sus deseos se van haciendo más elaborados. Pero no. Es durante la infancia cuando tenemos los más complejos y fascinantes anhelos, casi siempre depositados en adminículos y aparatejos que nos traen grandes satisfacciones.

¿Quién dijo que hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar, cuando la satisfacción de nuestros deseos puede alcanzarse con una moneda de doscientos pesos? Pues bien, he aquí la gran virtud de los juguetes de la calle, de esos artefactos populares que toman forma animal o vehicular que están puestos a la entrada de las misceláneas, papelerías y carnicerías, que promueven una vuelta al mundo en 80 segundos y prometen un excitante trip, pero sin los riesgos. Aquellas épocas: era tan fácil ser feliz, con tan poco.

Al mismo tiempo que se hace latente el auge de lo vintage –tendencia que va al rescate de aquellos elementos que alguna vez alimentaron nuestra existencia y una reivindicación de lo que ha sido olvidado– las imágenes recogidas por Leonardo Ochica en su proyecto “Mecánica Popular” marcan el regreso a las raíces de nuestro divertimento, a partir de la existencia de estas máquinas que hicieron las delicias de la niñez y que hoy, más que nunca, siguen vigentes.

Para quienes dieron buena cuenta de aquellos artefactos, las fotos de Leonardo son como flashbacks que provocan en el observador el florecimiento de los sentimientos frente a uno de los primeros objetos de deseo en la vida. Esto ocurre, por ejemplo, al ver a ese nunca bien añorado Topo Gigio que gentilmente se inclina para que, subidos en su espalda, podamos viajar hacia el pasado.

La Teoría Evolucionista de Ochica
Al hacer la selección fotográfica para el proyecto, Leonardo encontró que existe una historia paralela de la Evolución que explica la diversidad y complejidad de las formas y figuras que toman estas máquinas. La teoría de Ochica es el hilo conductor de la secuencia, como una cadena de desarrollo que se inició hace millones de años, la cual se inicia con seres microscópicos que vivían en el agua. Éstos van mutando hasta convertirse en animales más grandes como el pato y, de aquellos, a los hipopótamos y los mamuts (tan sólo mire al Dumbo de la fotocopiadora y diga si no es cierto).

En esta misma cadena, empieza a reconocerse el surgimiento de mamíferos representados en el oso, el perro Pluto y el gato Gardfield, a los cuales la naturaleza obligó a hacerse cada vez más pequeños hasta convertirse en animales domésticos. Ya a escala superior, se llega al hombre en figura de Bart Simpson, Pinocho o Mickey –que, aunque es un ratón, puede decirse que cada vez está más humanizado. Sólo es ver el subeybaja donde se reconoce al que está de pantalones rojos y cara pasmada, para encontrar el eslabón perdido en la teoría Evolucionista. De la misma manera, la historia del hombre debe ser contada desde la creación de los medios de transporte, como respuesta a la búsqueda por explorar el mar, la tierra, el cielo e, incluso, el espacio. Todos estos a su disposición en la cacharrería de la esquina.

Como se aprecia, no hay nada en el mundo que esta mecánica popular no deje de plasmar con verdadero ingenio y dedicación por parte del fabricante, quien materializa nuestros deseos en forma de las Jarlis Deividson o los carros de la escudería CAMPOQ. Pero, en realidad, la virtud de estos aparatos radica en la intención de convencernos que la felicidad está al alcance de la mano: sólo hay que introducir una moneda de doscientos.


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Reseñado por Paulina Herrán Ocampo
populina_ho@yahoo.com