Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
Las onces


Un día frente a una de esas muchas campañas institucionales que se lanzan para promover este terruño andino llamado Bogotá, veía una clásica panorámica de esta ciudad que no me vio nacer, pero si crecer y en algunas ocasiones intentar reproducirme...afortunada y premeditadamente sin éxito. La foto que mostraba ese bello cielo de los atardeceres santafereños era acompañada de una promesa de venta que decía: Bogotá ciudad abierta... ¿abierta? Abierta del parche, pensé yo. Y es que Bogotá, es una ciudad abierta, no sólo por la universalidad de sus gentes y por ser la única ciudad colombiana verdaderamente multicultural y, por qué no, tribal; en pocas palabras Bogotá es una ciudad particular dentro de esta identidad cultural que significa ser colombiano. Un ejemplo claro es ese par de momentos gastronómicos de las mañanas y las tardes que son conocidos sólo en Bogotá como Onces, pues en el resto del país se habla de medias nueves (por aquello de comerse algo a eso de las nueve y media), segundillas (segundas comidas pero eso sí pequeñitas), el algo (algo que se come entre comidas)... Pero entonces por qué en Bogotá "comemos" onces. Pues bien aquí va la historia, así que ténganse y regálenme un par de minuticos de su amable tiempo.

... Resulta que por allá en los principios del siglo pasado cuando Bogotá llegaba hasta Chapinero, cuando la Hacienda Santa Bárbara no tenía de vigilantes a practicantes de safari y cuando El Muña era más "play" y menos traqueto que la mismísima T; en esta ciudad, exactamente en la parte alta de La Candelaria en lo que es hoy la calle diez con tercera, funcionaba la curia de los Franciscanos, pues bien, en ese entonces cuenta la leyenda que los "pobres" pachitos, sufrían de entumecimientos y dolores de articulaciones por una sola razón: las bajas temperaturas bogotanas o en expresiones más populares el jijuemíchica frío.

Pero no hay hipotermia que dure cien años ni cuerpo que lo resista; fue así como Dios y el claustro mayor de Manizales, mandaron para estas frías y pocas cafeteras tierras un franciscano, que entre sus pertenencias traía aparte de una biblia, una camándula y un hábito; un buen par de botellas de aguardiente. Fue así como este monje y otro par más empezaron a combatir el frío tomándose una copita de anís antes de cada misa de siete. El problema es que no hay botella de aguardiente que dure cien años, ni hígado que lo resista. Por eso el aguardiente se esfumó y los franciscanos se quedaron sin su calentador de anís. Pero como dicen las mamás: Dios proveerá, y tal vez para ser fiel a la regla es que uno de los monjes tuvo la no muy brillante idea de proveerse de tan siquiera una copita de aguardiente al día en uno de los muchos cafetines que empezaban a nacer en el centro de Bogotá.

Pero cómo decirle públicamente a un monje, camine nos tomamos un aguardiente; cómo no ser el borracho de la comunidad por el simple acto de injerir algo más que chocolate para calentarse. Pues bien, la respuesta estuvo en descomponer letra a letra la palabra aguardiente o mejor aún tomársela letra a letra. Por eso la clave de los monjes fue "Camine nos tomamos un once" fue así que con el tiempo el once se fue tomando la capital en forma de chocolate, queso y pan blandito. Y fue así como Bogotá se liberó de las segundillas, las medias nueves y el algo e inventó para sí ese tranquilo momento llamado onces, que pelió copa a copa contra los seudo-salones de té de nuestra "wanna be" y encopetada sociedad.

Ahora casi un siglo después, cuando las onces hacen parte de nuestra cultura popular, el salud nos lo damos con aguardiente y de los franciscanos que inventaron nuestras onces ya no queda ni el recuerdo, pareciera que Bogotá deseara borrar o mejor “abrir” a los promotores de su verdadero conocimiento popular, una prueba más de que Bogotá es una ciudad abierta, abierta del parche, de la memoria y de las medias nueves.


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Reseñado por Diego Fernando Valencia
diegofernandovalencia@gmail.com
 
 
 
 
 
 
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