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Feliz y próspero
Fotografías de Leonardo Ochica
Borrándose, hay en Bogotá un género de imágenes callejeras que hacen su mejor esfuerzo por evocar felicidad, amor y prosperidad. Sucede con ellas -motivos navideños pintados sobre el asfalto y el concreto- lo que sucede cuando los arqueólogos encuentran los restos de una fogata prehistórica dentro de una cueva: de repente el lugar, la cueva cualquiera, se convierte en un lugar de reunión... y entonces la producción del Discovery Channel hace un truco audiovisual y podemos ver sobrepuestas a la imagen de la cueva las fantasmales siluetas de una familia de hombres prehistóricos juntos, seguros. Así, el pobre dibujo de un Papá Noel al que acaba de orinar un perro comienza a ser otra cosa cuando Leonardo Ochica es el que lo encuadra y el que lo explica. Comienza a ser, como el montoncito de tierra removida del Discovery Channel, un vestigio de comunidad.
Leornardo afirma que estas imágenes son religiosas, pero la afirmación no tiene sentido hasta que no se entiende el mecanismo mediante el que se producen. La religiosidad de estas imágenes no está en aquello que celebran (cada vez son menos los que sienten genuinamente estar celebrando el nacimiento del Redentor de los hombres) y ciertamente, tampoco en los motivos escogidos (los motivos son los mismos símbolos vacíos, estereotipados e incoherentes que usamos cada navidad): la religiosidad está en aquello que surge alrededor de su elaboración. ¿Por qué el muñeco de nieve si aquí no nieva? ¿Qué tiene que ver un viejito bonachón tomando gaseosa alrededor de una chimenea con el alumbramiento hace dos mil años del presunto Hijo de Dios en una pesebrera miserable? Esas son reflexiones que no nos hacemos, sólo sabemos que cada diciembre hay que poner tantas “imágenes navideñas” como sea posible, y esa costumbre hace que en ciertos barrios de Bogotá suceda algo verdaderamente mágico: vecinos trabajando juntos por un mismo propósito.
Entra diciembre y alguien convoca. Una circular puede ser aunque mejor el voz a voz de puerta en puerta o a veces nada, simplemente ocurre y uno de esos sábados o domingos se ponen las manos a la obra. “Los materiales –dice Leonardo, quien en su infancia fue un activo decorador de cuadra en los mismos barrios que hoy en dia documenta- son el vinilo que le sobró al niño del colegio, la pintura de esmalte que sobró cuando se pintaron los marcos de las ventanas, el aerosol que sobró cuando el vecino pintó la cicla, la pintura que me sobró cuando pinté la pieza”. Si con todo y eso y después de rendirla todavía falta pintura, entonces se hace un vaca: “la plata con la que se cuenta es la que se recolecta ese mismo día, no se le paga a nadie ni tampoco hay un fondo comunitario previamente establecido para ese fin.” Y entonces se procede a escoger un modelo -hace dos décadas cuando Leonardo era niño la inspiración provenía principalmente de los afiches de Coca-Cola, hoy en día al abundante catalógo navideño se han sumado pokemones, timoteos, simpsons, gardields y demás-, se trabaja arduamente durante toda una tarde, de pronto con polita y musiquita, y !TA TAN! ahí quedan listos los dibujos justo para estrenarlos el 16 de diciembre, día de las velitas, y justo para iniciar los ochos día de eventos comunitarios que son las novenas de aguinaldos.
Quién sabe si al final uno diga qué barbaridad, ese pelado sí que resultó una fiera para el dibujo o si alguno se quede opinando que aquel venadito quedó medio hechizo, aquel angelito completamente desfigurado por su do de pecho o que la expresión de ese Papá Noel, valga la verdad, da miedo. Eso no es lo importante, el caso es que ahí fuera quedan para todo el año que comienza, dulzonas, una imágenes que señalan lo bien que le hace al corazón funcionar en comunidad y que recuerdan que todavía existe el barrio. No el conjunto de manzanas de casas y edificios, sino el barrio.
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