Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
El cebollero


Los cebolleros llegaron a la capital en la década del 70. Aunque sus colores rojos, anaranjados y verdes nunca fueron sinónimo de discreción, Bogotá acogió este nuevo medio de transporte y miles de personas se empezaron a transportar en estos particulares vehículos. Depronto la ciudad era invadida por una nueva especie de buses que no pasaba desapercibida ante el ojo
humano. Este medio de transporte, en vez de parecer salido de la Santa Fé tradicional, lluviosa y orgullosamente andina, parecía haberse escapado de la ensoñación más colorida y folclórica de García Márquez.

Chevrolett, Ford y Mercury entre otras marcas, fueron las encargadas de invadir las carreras y calles de la capital con este demonio motorizado. Sin duda la época dorada de estas máquinas fue la década del 80. Se multiplicaban por la ciudad como una plaga de ratas en un basurero. Hay una extraña conexión entre la estética Kitsch de este decenio y la particular decoración de los estrambóticos vehículos. ¿O no tienen el mismo espíritu las calcomanías de ¨Piolín detective¨, el ¨tigre aterciopelado¨ o el ¨Divino Niño¨ con el ¨copete Alf ¨, ¨la Converse tricolor¨, o para no ir más lejos, el gusto por los colores fosforecentes?.

Otra de las historias alucinantes que hay detrás de estos vehículos tiene que ver con el slang bogotano. Un genio anónimo del humor negro, no dudó en bautizar a estos buses con el
sobrenombre de ¨cebolleros¨. La descripción no pudo ser más aguda y olfativa. Cuando iban repletos, un generoso olor a chucha mezclado con cebolla emanaba de la masa amorfa que se abarrotaba en sus pasillos. En cuanto a la expresión, se terminó transformando en una de las palabras más utilizadas por el bogotano común y corriente. Transportarse en cebollero era
una experiencia única. El vertiginoso paseo podía verse desde diferentes ángulos. Si alguien quería conocer la Bogotá real no era sino que se montara en uno y atravesara la ciudad por la Avenida Caracas de norte a sur. Por la módica suma de $700 -que costaba el pasaje a mediados de los 90- se podía disfrutar de una ciudad de contrastes. El tour Directo Caracas incluía universidades de garage, prostitutas gordas, el consultorio del Indio Amazónico, ollas, prenderías, compraventas de ropa usada, ladrones de todas las étnias, travestidos; en fin, un selecto bestiario urbano que bonito o no, le daba identidad a la ciudad y que aún permanece intacto.

El viaje también podía convertirse en algo más degradante que una tortura de la inquisición. Desde que se abordaba el bus, las malas maneras se hacían presentes. El chofer trataba al usuario como le venía en gana. Su mal genio avivado por la guerra del centavo, la acción de dar vueltas y tener que manejar al mismo tiempo y la derrota de Millonarios / Santa Fé de la mano de un equipo de Medellín, hacía que las inocentes víctimas que se montaban en el vehículo
sufrieran las consecuencias. Chucu-chucu, olores molestos, chucu-chucu, tener que aguantarse al despreciable personajillo llamado Filiberto del programa ¨Sintonía de Locura¨ y favorito del gremio de choferes, chucu-chucu, el irrespeto a las normas de tránsito, chucu-chucu, sobrecupo y que de vez en cuando una que otra chalequeada al son del chucu-chucu hacían que tomar un cebollero se convirtiera en un paseo al infierno. Todavía unos pocos transitan la ciudad de Trasmilenio, que cada vez más se acerca al servicio de antaño que los entrañables buses ofrecían a sus clientes.

Parecen una foto de color sepia perdida en el tiempo que si se mira bien, demuestra que todo tiempo pasado fue peor.


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Reseñado por Andrés Ramírez Mejía
 
 
 
 
 
 
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