Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
Calor de hogar


Cuando me paseo por los viejos barrios de Bogotá y pienso en la proliferación de almacenes de diseño en donde abundan el buen gusto impuesto y la copia de modelos italianos, me pregunto: ¿Dónde quedó esa estética tan nuestra, ese placer de decorar con íconos comunes y propios en los que se sentía el calor de hogar y no esta impersonalidad sacada de revista española?

En contra de toda la carreta que yo misma hecho todos los días cuando emprendo un proyecto de diseño interior, salgo a la defensa de las cosas con que crecí, que se encuentran en el inconsciente de todos y que muy en el fondo quisiera rescatar.

Mi primer objeto a rescatar es la carpeta tejida. La que está debajo de la porcelana y encima de los equipos de sonido o de las consolas y que las señoras de Bogotá elaboraban en sus consabidos tés. A veces las carpetas venían en los colores más inverosímiles de la tierra: el amarillo canario combinado con el rojo fresa o el degradé hacia el centro que sólo lograban las más habilidosas tejedoras. Para los espíritus más discretos existía la carpeta blanca, aquella que no competía con la mesa auxiliar y que simplemente evitaba que el teléfono rayara la madera. En mi casa ya no tengo ninguna y podría apostar que en las casas de los de mi generación tampoco hay, pero que las tuvieron, las tuvieron. Hasta cubrelechos en ese mismo tejido hubieron de tener.

¿Y qué era lo que generalmente se encontraba sobre las carpetas? Las porcelanas. Esas de los viejitos borrachos sentados en paisajes bucólicos. Aún las venden pero ya casi nadie las compra ¿Por feas? No creo, es sólo que la onda minimalista no permite que haya ninguna decoración que imite la realidad ni ningún ribete dorado. Igual ya no se consiguen las carpetas para lucirlas.

Las sillas y los sofás sí son básicamente los mismos que antes, sólo que ahora se es mucho más estricto, así que el cojín hecho por la abuelita o la tía ya no se muestra, se relega a las habitaciones o, lo que es peor, al armario donde guardamos las reliquias que ya no están tan de moda.

Las habitaciones también sufrieron una mutación hacia lo simple y lo impersonal. ¿Dónde quedó el cuadro protector de los sueños? ¿El sagrado corazón de Jesús, La Virgen María? ¿A dónde fue a parar el escapulario amparador que colgaba de la cabecera de la cama?. Ya no existen, y quienes tienen algún icono religioso, claramente lo compraron en un anticuario a un valor excesivo y no le rezan.

No sabría decir qué tan efectivo era, pero detrás de las puertas siempre estaba el amuleto protector. Mi abuela siempre conservaba una penca con cintas de colores, el ramo del Domingo de Ramos o en su defecto una cruz de esas que hacen en el mes de mayo para cuidar la casa. A pesar de que estas cosas por tradición estaban detrás de la puerta, se colgaban con orgullo y con devoción. Hoy detrás de las puertas que hay? Un espejo importado del feng shui.

Pero los dos sitios que más han cambiado, el primero para mejorar y el segundo para perder su condición de centro estratégico de conjunción familiar, son el baño y la cocina. El primero se reivindicó con todos, pasó de ser ese adefesio de protectores peludos en el inodoro y tapetes y paredes rosa, a ser un espacio íntimo y discreto al que lamentablemente ya no se le ve bien el estropajo y la piedra pómez. La cocina en cambio fue abandonada como centro de la tertulia familiar en donde la gallina de cerámica nos guardaba los huevos y la olleta nos calentaba el chocolate y pasó a ser una isla donde el microondas es el rey y la comida ya no se ve.

Y el antejardín, ese si se nos perdió entre edificio y edificio. Las chefleras, los centavos y los helechos que hasta bien bonitos se veían en su tarro de leche Klim fueron atacados por los jardines zen en los que el bambú, la arena y las piedras ni una mata dejan ver. Las entradas de las casas ahora son simples, ya no tienen esa estética de la puerta elaborada con su ornamentación acorde a la decoración de la cuadra.

Y para salirme por fin de la casa llego a la cuadra esa que nunca uno toca como diseñador por que esa le corresponde a los arquitectos y urbanistas pero que me encantaban decoradas con plástico de poste a poste y con mensajes de feliz año nuevo y papasnoel en el asfalto.


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Texto de Mary Reyes Cortés
marydreyes@yahoo.com
 
 
 
 
 
 
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