Bogotá temida
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Se dicen muchas cosas de la capital colombiana en la prensa internacional. Que es la Beirut latinoamericana, que está semidestruida. Las estadísticas poco ayudan a mejorar esta imagen. Pero nada es tan cierto como la Bogotá de todos los días, la que asusta de verdad, aquella de la que hay que cuidarse la espalda. La ciudad de los niños con cuchillos que piden monedas y viven bajo las piedras. La del loco que raya los carros con una moneda en Lourdes. La que crece monstruosamente y se come el verde que la rodea. La que según la superstición popular será tragada algún día durante un terremoto por una boca en la tierra.
En el fondo tememos que sea verdad lo que siempre se ha rumorado en los pasillos del colegio y en las reuniones familiares: el mundo se va a acabar, sí, el Apocalipsis va a empezar y no en Nueva York ni en una isla perdida de la Oceanía. El diablo se va a desatar primero en Bogotá. Las hordas de mosquitos inteligentes que invaden los barrios cercanos a los humedales lo han anunciado, las mutaciones imposibles de una gripa resistente a todo medicamento ha venido confirmando lo que desde chiquitos nos desvela: que de esas montañas que rodean la ciudad vendrá la destrucción. Si no es el terremoto, será una cascada más grande que el salto del Tequendama, profecía de los indígenas chibchas, Bochica incluido. ¿Quién no supo, bien sea por un e-mail, un flyer o un chisme, que en Planeación Distrital hay un mapa de Bogotá atravesado por una raya roja grande y gorda por donde se va a partir la ciudad en dos?¿Y que una vez alguien fue por allí a hacer alguna vuelta y todos los funcionarios se estaban abrazando en un mar de lágrimas porque ya casito se venía el terremoto? Recalentamiento global con el ojo puesto aquí, incendios y lluvias torrenciales, Bogotá es la ciudad en donde la Virgen María se aparece más seguido, siempre para anunciar mala cosa.
Bogotá tiene otras cosas horribles a las que les achacaremos el Castigo Divino, cosas inmundas como “de qué colegio saliste”, “en qué barrio vivías”, “dónde compraste esa falda” (especialmente si tras su apariencia de excelente procedencia se oculta la vergonzosa verdad de haber sido adquirida en ¡oh horror! ¡EL ONLY!), “Qué hace su papá, cuánto gana”. Hay gente mayor de 30 que todavía lo pregunta. Si Bogotá es borrada de la faz de la tierra será por culpa de “¡Yo adoro a mi muchacha, siempre le doy un regalo y una abrazo en navidad, No puedo vivir sin ella!”. Por otro lado, tal vez la destrucción masiva sea la solución definitiva al problema del siglo, constatado en toda encuesta realizada entre amigas, tías y primas: no hay hombres en Bogotá. NO-HAY, están todos casados o tienen de a tres novias, y los que quedan son feos, se miran el ombligo, sólo se quieren a sí mismos o están llenos de problemas. Mejor dicho, que venga el diablo y escoja. Bogotá da mucho miedo si uno sabe que no va a encontrar novio y especialmente si existe esa amiga de la mamá que pregunta cizañosa “mijita, ¿ya consiguió novio?” y esas excompañeras del colegio que se compadecen dichosas cuando uno termina con tal o pascual.
Pasando a temas menos escabrosos, hay otros disparadores de angustias en nuestra gris ciudad, como por ejemplo las rutas de los ejecutivos, colectivos y busetas que están anunciadas en el vidrio panorámico en códigos para especializados y que cambian a cada ida y venida, según si la calle está muy llena o inundada. Es también insoportable la paranoia de ir siempre abordo de un taxi con muñeco, pilas a que el man no se haga el vivo y cobre más, cayendo incluso en el delirio de ir observando el taxímetro punto a punto y el reloj segundo a segundo. Para los del centro da pavor la Bogotá del norte y del sur, para los del sur da pavor la del nortecito, para los del ultranorte, el aterrador centro y el fuchi sur: Bogotá más allá de sus límites internos es tierra oscura de zombis.
Por último, la ciudad que nos hace llorar y dar dolor de barriga, es donde todavía se corre el riesgo de escuchar por azar esa maldita canción de 4:40 en una buseta o un negocio. Esa canción que trae recuerdos de esa fiesta de 15 aciaga en la que se comió pavo mientras todo el mundo disfrutaba del hit del momento animado por “Reina de corazones” con humo de olor a fresa y todo, por culpa de ese corte de pelo asqueroso, obra macabra de un peluquero en Chapinero que no supo interpretar los anhelos de rockstar dejando un alisado a las malas todo eléctrico y un trasquile en la capul fatal. Bogotá, ciudad espantosa donde se anda con cuidado de no irse a encontrar por casualidad con aquel exnoviecito(a) que se quiso tanto tantísimo y pasar por esa mala hora de verlo(a) felizmente casado(a) con otro(a).
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Texto de Paula Riveros
paulariveros@gmail.com
Este texto hace parte de una trilogía escrita por Paula Riveros especialmente para Populardelujo en la que se relatan tres formas de ver a Bogotá desde la distancia. Los otros dos textos son: Bogotá divina y Bogotá querida
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