Mañas, rutinas, tradiciones: maneras propias que tenemos de hacer las cosas.
 
 
Bogotá querida


Añorada, retratada en la memoria oliéndola a través del viento, cruzando montañas, valles y océanos para recordarla. Bogotá, una de sus caras, la que inspira cartas cursis de amor, la que se extraña hondamente al hallarse lejos de su regazo, es esa que además de definir una identidad y cultura, atraviesa al corazón exiliado haciendo brotar una lágrima pura y triste como aquel rocío claro sobre Monserrate. La ciudad que se palpa en los quereres olvidados cuando la nostalgia tremenda hace dar mareo y aislamiento de estar en el extranjero. La que llama a sus hijos por su nombre propio, en diminutivo y sin acento, surcando las distancias.

Primero están las montañas, crespas y bañadas en un caramelo rojizo al atardecer, referencia máxima para ubicarse, compañía perfecta de cielos en tonos a todo color. Los cerros que aparecen en cada foto mental, presentes eternamente como un ser querido. Luego, dos grandes amores tormentosos, el friecito perpetuo y los 2600 metros sobre el nivel del mar que nos hacen vivos y despiertos. Bogotá adorada que se siente como una taquicardia, un nubarrón cargado de electricidad en la cabeza, un soroche parecido a la pasión, que se transforma en hiper - actividad y lucidez elevándose hasta el delirio febril. Cuando los bogotanos nos vemos de lejos, nos damos cuenta que somos colosales, llevamos un optimismo desbordado e incluso ingenuo, provocado tal vez por tanto oxigeno circulando en la sangre. Las alturas son lo nuestro. Y ahí, sigue la lluvia, interminable y polifacética, a veces fina, a veces brava, tierna e insoportable, aquella que nos infundó la valentía y el buen talante ante toda adversidad… en otros casos nos hizo melancólicos y poetas. Somos gente lamida por la lluvia y el viento, parcos, austeros, meditativos y a la vez cordiales, amables, formales, quizás, tal vez, porque siempre hemos vivido arropados, el paraguas bajo el brazo, buscando aleros, mojándonos grises en un otoño eterno que hoy, nos parece perfecto, tras soportar las temperaturas extremas de otras latitudes.

Bogotá a tus pies estoy, tu, que por un destello de memoria indígena perdido en los tiempos, nunca dejarás de engendrar palabras con ch, unas consagradas en la historia como chafarote, chiflamicas, o aquellos nuestros chusco y chirriado, otras jóvenes y no menos entrañables, chanda, chimba, chocoloco, entre cientas de palabras que van armando una especie de madre patria que nos vio nacer, y que si tuviéramos que situarla geográficamente, dibujaríamos las 8 cuadras del barrio y la casa de una tía, lugares sabidos de memoria de tanto recorrerlos pa’rriba y pa’bajo y que albergan a los dioses del Olimpo de la infancia y juventud.

Y al adentrarse en lo profundo de los amores por el terruño, más que arrugarse el corazón, se frunce de nostalgia es la barriga. Pasar inviernos en tierras extrañas ante la urgencia de un verdadero tamal con chocolate, una aguadepanela con almojábana y queso, una arepa con choclo y lechona de San Andresito, o el suplicio de veranos infernales sin juguito de lulo, de guanábana o de maracuyá, ante la angustiosa imposibilidad de colmar el ansia y el deseo, deja un vacío inexplicable en el alma, de las penas más oscuras del desarraigo. Sabores forjados en la memoria primigenia que nos devuelven a la tenue y deliciosa luz del vientre materno como un Bom bom bum, una chocolatina Jet, una Pony Malta o cualquier otro tesoro de la tienda de la esquina, anidan en nuestro fuego interior de bogotanos. Desesperación por saberse a vuelos internacionales del plato predilecto en Creppes, en Wok, una hamburguesa del Corral o la magia del sabor de Kokoriko, funda insondables depresiones en los bogotanos que suspiran por volver a unirse con las delicias de su prodigiosa ciudad.  

Bogotá amada, peinada de belleza sin par por las administraciones de Mockus y Peñalosa, kinder donde siempre Dios es niño, manantial de sorpresas que nunca se agota, escenario de aventuras y telenovelas, apareces en sueños como destino final mullido de bendiciones.


---
Texto de Paula Riveros
paulariveros@gmail.com

Este texto hace parte de una trilogía escrita por Paula Riveros especialmente para Populardelujo en la que se relatan tres formas de ver a Bogotá desde la distancia. Los otros dos textos son: Bogotá temida y Bogotá divina

 
 
 
 
 
 
links relacionados
en populardelujo:
•  Bogotá temida
•  Bogotá divina
•  Bogotá imaginada