Bogotá divina
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La imaginada, un caserío tropical donde el calor, la humedad y el canto de las serpientes ponen la sangre alegre y jacarandosa, una mezcla de Beirut y Cuba donde los papagayos vuelan de palmera en palmera y duermen en los techitos de paja. Chocitas bañadas de sopor dulce en la capital irrisoria de un país latinoamericano cerca al África. Las hamacas quietas en la modorra del medio día, donde duermen parientes parecidos a Juan Valdez y a Celia Cruz, mientras alrededor juegan niños barrigones desnuditos y barren bichos los indígenas en taparrabos. Aquella Bogotá mítica que se sueñan los extranjeros que llegan en chancletas después de ver las pocas imágenes en el noticiero donde se arrulla una guerra tal vez al rumor del mar virgen y manso pero ladino. La Bogotá que nace en la mente de primer mundo luego de ver películas de mafia gringas en las que duermen tigrillos en el patio como mascotas junto a las matas de coca que cuida la abuela. Las riñas a machetazos, bala de carabina e injurias entre familias se denominan guerrilla y su sentido es clamar con tamboras himnos al atardecer por la libertad de un pueblo.
De ese lugar piensan que venimos los bogotanos cuando nos conocen en el extranjero. Esperan caritas sonrientes de rasgos raciales bien marcados y animados por el colorido vivaz de nuestras prendas autóctonas con un monito pícaro al hombro.
En la realidad Bogotá no es menos fabulosa y exótica que aquella que esconde el tesoro del Dorado. Es aquel dragón inimaginable donde siempre es otoño, lluviosa y de cielos purpúreos donde la gente se viste todo el año de gris y siempre lleva paraguas. La Bogotá increíble que vive paralela y feliz, con altos grados de civilización en cuanto a cultura ciudadana, a un dolor que se supera rápidamente e incluso se olvida. La bella cuyo punto de referencia son las montañas, no una estrella, un río, o un rascacielos, encaramada en los Andes. Por supuesto, oh sorpresa, no hay mar. No hay estaciones, siempre otoño. No se almuerza coca en ensalada sino corrientazo. En este lugar fantástico, conviven los tiempos en una sola megaciudad de siete millones de habitantes, rápida, brava y donde funcionan proyectos urbanísticos de alto pensamiento y eventos culturales de participación masiva, junto con los carros tirados por burros por ejemplo, las escenas de miseria medieval de niños que viven debajo de una piedra, o una vaquita pastando en un potrero en un barrio urbanizado.
Bogotá maravillosa, coctelera donde estamos todos mestizados tras cinco siglos de revolvernos entre sangre española, indígena, negra, tal vez un poco árabe y de otras europas y que dio como resultado un pueblo de risa fácil. Venimos de la ciudad más visitada por las deidades, la predilecta del Niño Dios y la Virgen María, la que está nuevecita y por estrenar en plena construcción.
Nadie se imagina lo bonita que es y lo buena que está.
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Texto de Paula Riveros
paulariveros@gmail.com
Este texto hace parte de una trilogía escrita por Paula Riveros especialmente para Populardelujo en la que se relatan tres formas de ver a Bogotá desde la distancia. Los otros dos textos son: Bogotá temida y Bogotá querida
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